El presidente Rafael Correa, al aclarar los alcances de sus intervenciones y actuaciones, ha dicho que él es radical. Autodefinirse es un logro personal muy importante: es un momento cimero en el arte de vivir y es resultado de un proceso de introspección, pues nada es tan valioso como llegar al conocimiento de uno mismo, de sus capacidades y de sus límites. ¿Qué mensaje conlleva esta declaración de nuestro Mandatario? En Palabras clave: un vocabulario de la cultura y la sociedad, el intelectual británico Raymond Williams da seguimiento al uso histórico de este adjetivo y sustantivo. Así nos enteramos de que la última palabra rastreable es la latina radix, que significa raíz. Hacia fines del siglo XVIII este vocablo, anteriormente usado para describir las cualidades de las cosas en los procesos físicos, adquiere una connotación política.
La expresión reforma radical se utiliza en el siglo XIX entre los políticos europeos. Pero la comprensión de lo radical se va ampliando. En 1819 Scott escribió: “Radical es una palabra que por aquí tiene muy mala fama, usada para referirse a un conjunto de sinvergüenzas”. En 1822 Cobbett sostuvo: “El amor es un gran nivelador; un perfecto radical”. Un texto de 1830 señala: “el término radical, antaño empleado como palabra de vulgar censura, ha encontrado su camino hacia los sitios encumbrados y aparece como el título de una clase, que se vanagloria con esa designación”. En 1856 Emerson anuncia la presencia de “la turba radical”. Y de estos debates político-culturales se derivan radicalismo y el verbo radicalizar.
El radical aparece en la época de la agitación social europea como sinónimo de liberal extremo, esto es, una persona que es dueña de una asunción vital que la impulsa a concretar profundas reformas y transformaciones. También –todo esto, según Williams– se produce la diferencia entre socialistas y radicales, estos ubicados prácticamente a la derecha del espectro político, aunque en el siglo XX un radical en Estados Unidos prácticamente era un socialista o comunista. En fin, ser radical es ser un pujante liberal que propugna renovaciones enérgicas de gran alcance: “Radical parecía brindar un medio de evitar asociaciones dogmáticas y faccionales y reafirmar a la vez la necesidad de un cambio enérgico y fundamental”. Está claro que para el presidente Correa ser radical es optar por el cambio contundente y estructural. ¿Quiere, a su vez, quitarle peso a una discusión dogmática?
La urgencia y la seriedad del momento de mutaciones que vivimos solicitan que esta radicalidad anunciada instaure una zona de diálogo con las fuerzas que resistirían a esa radicalidad, lo cual invita, paradójicamente, a desradicalizar la comunicación presidencial. Como la etimología de las palabras nos compele a actuar consecuentemente con ciertas premisas, los abanderados del cambio deben incidir en sus entornos cercanos y reinventar las maneras con que el gobernante se relacione con sus mandantes. Definirse como radical compromete con la opción por las modificaciones y con la energía con que estas quieren hacerse. Ser radical es conseguir el cambio de raíz, esto es, se debe empezar con uno mismo. La raíz es crucial porque sustenta la potencia de la vida y la posibilidad de que, bien adentro de la tierra, algo florezca de modo hermoso y duradero.