Eugenio, el obispo de Esmeraldas, tiene un hijo según los pandis. Solo que no tiene los ojos claros como usted, le dicen. Y además, le preguntan, ¿por qué lo tenía oculto? Lo trajo cuando llegó de España… La verdad que el padre José Antonio Maeso es más alto, pero ambos tienen en común el amor y el compromiso vital con los pobres, por eso los pandis no se equivocan al pensar que es el hijo…
El hijo del obispo estuvo en Guayaquil, y Manuel con los ojos redondos bien abiertos le comenta a un amigo: ¿Sabes Xavier? La señora Nelsa anda con Dios por la calle…
Se trata de Jam, o de Jesús san pai, (sabio en términos pandilleros) según los apodos que dan a José Antonio Maeso, sacerdote español que trabaja, vive, habla (con salpicón de las llamadas malas palabras) con los pandis más pobres entre los pandis, en las barriadas populares de Esmeraldas.
Alto, delgado, con el cinturón del pantalón bien ajustado si no se le caerían, enormes ojos negros asombrados y transparentes, cejas pobladas que casi se juntan, barba y cabello como las imágenes de Jesucristo que conocemos, anillo de compromiso en una mano, múltiples pulseras artesanales en los brazos, camisetas amplias y pantalones caqui que se pueden desdoblar en bermudas, Jam vino a buscar materiales para los talleres de artesanías que reciben los pandis en Esmeraldas. Un amigo me comenta: “Si le ponemos ojos azules y lo vestimos con hábitos blancos nos podemos hacer ricos vendiendo las fotos como imagen de Jesucristo”…
En el proceso de formación que siguen los pandis en Esmeraldas han visto películas sobre Gandhi, y llegaron a la conclusión que Gandhi tenía dos parejas: su esposa y la joven británica que se convirtió en su discípula. Jesús san pai también tiene parejas, imaginan los pandis… Las jóvenes que ayudan en la secretaría se sientan al lado de él, de esa manera ningún pandi se atreve a galantearlas ni intenta seducirlas… son como las parejas de Gandhi… Intocables, pasaporte seguro para poder trabajar con ellos sin interferencias de enamoramientos.
A todos lados va con una camioneta blanca que lleva bailando, agarrada con alambres, la matrícula. Adentro una botella de oxígeno y un enorme espacio vacío. Me explica. Es que cuando tengo algún muchacho herido que no se puede atender en Esmeraldas pongo la bocina de emergencia, la transformo en ambulancia y lo llevo a Quito, porque soy socorrista, comenta.
Da clases en la Universidad Católica. Tiene problemas cuando le insisten con la existencia del infierno. ¿Quieren conocerlo?, les pregunta y los lleva a los extremos de pobreza en que los muchachos viven. Esto es el infierno, no son necesarios otros, aclara…
Trabajar con pandis es siempre un desafío, un riesgo agotador por la cantidad de pobrezas y peligros diferentes con los que hay que enfrentarse, dejarse cuestionar e intentar revertir las situaciones. El P. José Antonio lo sabe y lo acepta.
Pocos días antes de fallecer víctima de un disparo, hace 15 días, le pregunté a Paco, de 20 años, cuáles eran los momentos mejores de su vida: integrarme a un proceso de cambio positivo, respondió; en 10 años me gustaría tener una linda familia unida y mi propia microempresa para darle trabajo a otros jóvenes. Estoy convencido de que puedo ser alguien en la vida y tener la oportunidad de compartir con todos este cambio. La muerte violenta truncó sus sueños.
Muchas historias urbanas con otros finales podrán tejerse con los pandis de protagonistas y todos los san pai que se sumen…