miércoles 04 de junio del 2008 Columnistas

Verdad o consecuencias

EE.UU. |

La primera vez que recibimos una firme señal del precio, tras el impacto del petróleo en 1973, respondimos como país, exigiendo y produciendo automóviles más eficientes y rendidores.

Imaginen por un minuto, tan solo un minuto, que alguien que se estuviera postulando para presidente pudiera efectivamente decir la verdad, realmente la verdad, al pueblo estadounidense con respecto a cuál sería la mejor –quiero decir, en verdad la mejor– estrategia de energía para la salud económica y seguridad de nuestro país en el largo plazo. Me doy cuenta de que esto es una fantasía, pero síganme el juego por un minuto. ¿Qué diría el candidato mítico, totalmente imaginario, que dice la verdad?

Para empezar, él o ella debería explicar que no existe una solución en el corto plazo para lograr la reducción de los precios de la gasolina. Los precios están en los niveles que vemos, como consecuencia del aumento de la demanda mundial del petróleo por parte de la India, China y Oriente Medio, que crecen a grandes pasos, aparte de nuestro propio consumo cada vez mayor (en Estados Unidos), una escasez de crudo “dulce” –que se emplea para el combustible diésel– del que Europa depende en buena medida, aunado a nuestra negligencia con respecto a una efectiva política de energía a lo largo de 30 años.

Ideas cínicas como la del descanso del impuesto sobre la gasolina durante las vacaciones (del verano) tan solo empeorarían el problema, al tiempo que imprudentes iniciativas –como la oferta enfocada a subsidiar la gasolina durante tres años para quienes compren sus glotones vehículos– son el equivalente moral de empresas tabacaleras ofreciendo cigarrillos a precios de descuento a los adolescentes.

No puedo expresarlo de mejor manera que mi amigo Tim Shriver, el presidente de la Olimpiada Especial, en un ensayo del  Washington Post con motivo del Día del Veterano: “Así que Dodge quiere venderle un automóvil que usted realmente no quiere comprar, que no es eficiente en cuanto al consumo de combustible, que dañará nuestro ambiente y que subsidiará incluso más a los estados petroleros, algunos de los cuales están del otro lado de las guerras que los estadounidenses peleamos actualmente... Que el planeta se vaya al diablo, olvide a las tropas y no preste atención a la economía: Compre un Dodge”.

No, nuestro candidato mítico diría que la respuesta en el largo plazo consiste en avanzar exactamente en la dirección opuesta: garantizarle al pueblo un alto precio de la gasolina... para siempre.

Este candidato notaría que el precio del galón de gasolina en cuatro dólares realmente está empezando a tener un impacto sobre la conducta de los motoristas y la conducta de consumo, de una forma que no lo hizo cuando el galón costaba tres dólares. La primera vez que recibimos una firme señal del precio, tras el impacto del petróleo en 1973, respondimos como país, exigiendo y produciendo automóviles más eficientes y rendidores. Pero, tan pronto los precios del crudo empezaron a caer a finales de los ochenta y principios de los noventa, permitimos que Detroit nos volviera adictos de nuevo a los tragagasolina, y el precio volvió a subir de manera constante hasta donde está hoy día.

No debemos cometer ese error de nuevo. Por lo tanto, lo que nuestro mítico candidato estaría proponiendo, argumenta el economista del sector de energía Philip Verleger Jr., es un “precio base” para la gasolina: cuatro dólares por galón para la regular sin plomo, lo cual aún equivale a la mitad del precio actual en Europa. Washington declararía que nunca permitiría la caída del precio por debajo de este nivel. De hacerlo, incrementaría el impuesto federal sobre la gasolina mediante una base mensual, a fin de compensar la diferencia entre el precio en la bomba y el precio del mercado.

Con miras a aligerar la carga sobre estas personas en condiciones no tan buenas, “cualquiera que perciba menos de 80.000 dólares al año sería compensado con una reducción en los impuestos de nómina”, dijo Verleger. O, sugirió, el Gobierno podría usar el impuesto a la gasolina para comprarle los vehículos de alto consumo de gasolina a la población general y “aplastarlos”.

Sin embargo, el mensaje que se está transmitiendo a cada comprador de automóviles y cada fabricante de vehículos sería el siguiente: el precio de la gasolina nunca va a bajar. Por lo tanto, si usted compra un vehículo que traga gasolina actualmente, se está encerrando a sí mismo en cuentas perpetuamente altas de combustible. Usted está comprando un cerdo que terminará por consumir su hogar y casa. Al mismo tiempo, si usted, fabricante, sigue construyendo flotas de vehículos tragagasolina que no son híbridos, se está condenando a sí mismo, así como a sus empleados y sus accionistas, al olvido.

¿Creen que es un comentario demasiado cruel para un candidato? No estoy de acuerdo. Cada década dirigimos la mirada al pasado y decimos: “Si tan solo hubiéramos hecho lo correcto en ese momento, ahora estaríamos en una posición diferente”.

Sin embargo, no hubo político que se atreviera a hacerlo. Cuando la gasolina costaba dos dólares por galón, el Gobierno estadounidense nunca habría gravado un impuesto de dos dólares. Ahora que el precio del combustible está en cuatro dólares, el Gobierno cuando menos debería mantenerlo en ese nivel, ya que en verdad está teniendo el efecto indicado.

Estuve de visita en mi distribuidor local de Toyota en Betheseda, Maryland, la semana pasada para cambiar un automóvil híbrido por otro. Actualmente hay una lista de espera de dos meses para comprar un modelo Prius, mismo que rinde aproximadamente 80 kilómetros por galón, esto es 3,785 litros. El distribuidor me dijo que era afortunado. Mi híbrido estaba aumentando su plusvalía día con día, así que no tenía que preocuparme por esperar mucho tiempo antes de tener mi nuevo automóvil. Pero, si no se tratara de un híbrido, destacó, él deduciría 200 dólares al día del precio por darlo a cambio por cada aumento de un dólar en el barril, con base en el precio de crudo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, la OPEP. Dentro del lote, luego de haber visto las filas y filas de camionetas deportivas de lujo que no se habían vendido, estacionadas ahí, entendí la razón.

Necesitamos llevar cabo un cambio estructural en nuestra economía relacionada con la energía. A final de cuentas, necesitamos convertir nuestra flota entera a vehículos eléctricos y recargables. La única forma de ir del punto A al punto B consiste en empezar ahora con una señal de precios que obligue a ese cambio.

Barack Obama tuvo el valor de decirles a los electores que el plan relativo al obsequio en la gasolina durante el verano por parte de (John) McCain y (Hillary) Clinton era un fraude. ¿Acaso no sería asombroso si él diera el siguiente paso y expusiera el plan indicado ante el pueblo de Estados Unidos? ¿No sería eso realmente asombroso?

© The New York Times News Service.
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