No fue notoria la ironía en la cara ni en el tono cuando el Presidente de la Asamblea sostuvo, palabras más, palabras menos, que para obtener un resultado democrático era imprescindible un proceso democrático. Si no hubo ironía, entonces significa que estamos frente a un concepto muy particular de democracia, ya que él más que nadie está en capacidad de saber que la enorme verdad de sus palabras contradice totalmente lo hecho hasta ahora por la revolución ciudadana. Recibir a cuanta persona sea capaz de superar las barreras policiales del cerro de Montecristi es algo que habla muy bien de la cortesía y de la disposición a escuchar, pero eso no es suficiente para calificarlo de proceso democrático. Al contrario, desde la convocatoria al referéndum en que se aprobó la instalación de la Asamblea, el país ha visto cómo se ha impuesto la voluntad presidencial con la consecuente descalificación de cualquier persona que se atreva a discrepar. En la última semana les tocó el turno a los indígenas, incluida la asambleísta Mónica Chuji, de Alianza PAIS. Con ese “que les vaya bonito” que ha utilizado varias veces para responder a los empresarios, el Presidente de la República cerró toda posibilidad de diálogo y demostró su concepto de pluralismo y tolerancia.
Más allá de si hubo o no ironía en sus afirmaciones, lo cierto es que Alberto Acosta tiene toda la razón. Para llegar a la democracia es necesario seguir un camino estrictamente democrático, sin exclusiones, sin intolerancia, sin temor al disenso y sin que las opiniones contrarias sean inmediatamente calificadas de conspirativas, antipatriotas o cualquier paranoia por el estilo. Eso se traduce en diálogo, debate abierto, respeto a la discrepancia, apego a las normas convenidas previamente y transparencia en las acciones. Es decir, todo lo contrario a lo que se ha venido haciendo. Un régimen de libertades y derechos no se puede construir con la imposición ni con el juego tramposo al que nos sujetó la vieja política y que ahora se repite amparada en el respaldo de la enorme mayoría electoral. Se la ha llevado hasta la expresión más acabada y perfeccionada que se pueda encontrar en la historia contemporánea del país. La legitimidad que otorga esa gran votación ha reemplazado a los procedimientos a los que alude Alberto Acosta, como si fuera posible hacer descansar a la democracia única y exclusivamente en el número de votos y olvidarse de los pasos que deben seguirse en el ejercicio del mandato popular.
La exclusión y la intolerancia, que hasta hace poco podían ser comprendidas –no justificadas– porque se las ejercía contra una oposición cavernaria y troglodita, ahora se manifiestan como lo que verdaderamente son, como la forma de entender la política que hemos conocido desde siempre. Por tanto, y siguiendo la lógica de la afirmación del Presidente de la Asamblea Constituyente, de esas prácticas y de esas concepciones solamente podrá surgir una democracia autoritaria. Si el camino define el resultado, como en efecto lo hace, será imposible encontrar otra cosa al final de este complejo proceso.