Fue casi, casi una “violación bucal”. Diego había acompañado a una amiga al parqueadero de la universidad. Pero esa despedida, junto al carro de ella, fue algo más que besito en la mejilla. “A mí me gustaba un montón, y nos quedamos conversando unos minutos antes de que ella se embarcara. Cuando nos despedimos yo le di un beso en la comisura de los labios. Ella se sonrió. ¡Éxito!, me dije. Y me acerqué para besarla completamente”, recuerda.
Ese beso duró algo así como diez segundos, pero de comenzar como una experiencia placentera –esa chica realmente lo atraía– se convirtió prácticamente (repetimos) en una violación bucal. “A los tres segundos (parece que hubo cronómetro) abrió la boca feísimo, como si fuera a comerme, y comencé a sentir su lengua y dientes. Yo no quería eso tan rápido. ¡Era nuestro primer beso!”. ¡Y también fue uno de los últimos!, porque debido a ese exceso de pasión este estudiante de administración de 24 años perdió el interés en esos labios que, para colmo, sintió fríos y demasiado delgados.
En el otro extremo de sus experiencias está un primer beso, a los 16 años, que califica como un “pico de pájaro superzanahoria”. Estaba frente al cine de un centro comercial y llegó mi enamorada (se habían amarrado por teléfono). Al saludarnos nos dimos un beso en la mejilla, pero al despedirnos yo quería un beso de verdad. Pero lo que recibí fue un picotazo de pájaro, con labios endurecidos y en punta, como si fueran a picarme. Me dio dos de esos –plin, plin– y se fue”. No le gustó, aunque luego esa parejita aprendió a besarse porque duraron 20 meses en su relación.
Por un lado, violación bucal... por el otro, picotazos plin plin. Los hombres reconocen los atributos o errores de un beso. El patio de comidas de un centro comercial es el foro de discusión donde obtuvimos los comentarios de varios chicos sobre este arte a veces menospreciado.
Primero, el cariño
Todos concuerdan en que los sentimientos dan verdadero sentido al contacto bucal. “Lo más rico es besar a quien se quiere o a quien te gusta mucho y puedes llegar a querer. Los vaciles, al final, dejan sabor a vacío”, indica Marcelo.
Después del sentimiento, un hombre también valora la técnica. Allí hay que evitar un error muy común: el apretujamiento de telenovela. “Es cuando la chica, quien seguramente no tiene experiencia, te aprieta mucho con los labios cerrados. Aprieta y aprieta, creyendo quizá que eso es pasión, o quizá porque ha visto muchos besos de novela”, señala este ingeniero de sistemas de 28 años, mientras come una hamburguesa.
Ese comentario es seguido por el de un amigo, Carlos, de la misma edad, quien señala como otro gran error el no cuidar el aliento. Él recuerda a una enamorada con quien duró tres meses, y habría durado más, porque ella realmente le gustaba, o menos, si no fuera porque él siempre le daba disimuladamente caramelos mentolados. “Solo así podía acercármele. Creo que ella tenía un problema gástrico, hepático o algo así”, dice.
Conversar sobre besos no es común entre los hombres. Camilo, estudiante de medicina de 25 años, mira con asombro y se hace el que no entiende la pregunta. Luego pela los ojos como limones y lanza un comentario ácido: “Odio los besos con los ojos abiertos. Un buen beso siempre se da con los ojos cerrados. Siempre. Pero tenía una chica que a veces los abría. Yo no sé por qué. Quizá para asegurarse de que yo seguía allí (ríe)”.
Hablar de los tropiezos en los besos provoca algo de gracia. Pero conversar sobre los besos de caminar adecuado abre rutas a la reflexión y los recuerdos. Así le ocurre a Marcelo, comerciante de 30 años, quien describe un gran beso. Comienza con las caricias y las miradas, con los detalles y las palabras, con las sonrisas y los gestos. “Eso me lo enseñó una ex enamorada. Al principio yo simplemente quería besarla con pasión, pero ella me enseñó que primero debía seducirla para ese encuentro”, indica.
Por eso detalla que el buen beso es aquel que viene después de un momento romántico, y que comienza con un contacto tímido de los labios, ¡solo labios!, y que de a poco va haciéndose más intenso, provocando la participación de los “juguetes”: lengua y dientes.
Pero la participación de los “juguetes” tiene su maña. Diego, nuestro primer entrevistado, víctima de la violación bucal y del beso plin plin, considera delicioso cuando poco a poco siente la lengua de la chica. Primero la punta, que desea ingresar tímidamente, para luego permitirle la entrada en un acercamiento que aumenta la pasión.
Con los dientes ocurre algo distinto: morder no es besar, señala. Es como un jugueteo que ocurre entre los besos, el cual se vuelve más divertido cuando ambos se muerden despacio y entre sonrisas. Aunque a veces la pasión puede aumentar la intensidad. “Pero hay que evitar que el dolor reduzca el placer”, recomienda.
Para terminar señala la receta que usó su actual pareja para enamorarlo entre besos. “¡Ella me habla! Mientras me besa lentamente me dice que me quiere, bromea conmigo o me conversa asuntos personales con una voz sensual y dulce. Me encanta; siento que está concentrada en nosotros”, destaca este muchacho que ahora sí disfruta de los besos. Es porque hoy, asegura, sí está enamorado. (M.P.)