Los menores reciben formación para defender sus derechos y el planeta.
Cada uno se considera “experto” en el trabajo que realiza y algunos creen que a los adultos les falta su energía para hacer “bien las cosas”.
El cuidado del medio ambiente, la práctica del voluntariado y actividades encaminadas a mejorar a sus comunidades son temas que actualmente no son manejados únicamente por los adultos, sino también por los niños.
“Me encanta ayudar a los demás”, dice con entusiasmo María Belén Reinberg, de 9 años, del quinto año de básica del Liceo Italiano.
Ella se refiere al trabajo social que emprendió en asilos de ancianos y escuelas fiscales de la isla Trinitaria y de Mapasingue durante dos años (culminó en abril), junto con los voluntarios de la Fundación Jesús Da, de la parroquia María Madre de la Iglesia, en Los Ceibos.
Durante ese tiempo, ella y otros niños se prepararon para hacer la primera comunión.
Con una gran sonrisa en su rostro, comenta que parte de su labor fue recopilar libros y cuadernos para que los voluntarios de la fundación los repartan entre los niños pobres.
“También mis juguetes vienen para acá”, dice refiriéndose a la bodega del templo. Junto a ella está Fernando Villacís Huerta, de 11 años, para quien la parte más difícil del trabajo social es constatar la soledad de los ancianos. “A muchos nadie los visita. Estuvimos en la Casa del Hombre Doliente y fue muy duro”, agrega.
Ambos también ayudaron a elaborar cien canastas con alimentos que fueron repartidas en los sectores inundados de Simón Bolívar, Mariscal Sucre, Jujan, entre otros de la provincia del Guayas.
“Aquí ya somos los niños voluntarios de la iglesia”, afirma la sonriente María Belén, quien ha regalado sus juguetes favoritos como los carros y accesorios de las Barbie.
Liderazgo y valores
Quienes también se preparan para ejercer un voluntariado, pero en sus comunidades, son los 750 niños de los Espacios Alternativos del Programa del Muchacho Trabajador (PMT).
Ellos se capacitan en valores y liderazgo, por dos años, para luego transmitir lo aprendido en sus escuelas y vecindarios.
“Tuve un compañero que siempre estaba triste en clases y era porque en su casa le pegaban con látigo cada vez que llevaba bajas notas. No hablaba con nadie”, refiere Bryan Mora, de 10 años, estudiante del Francisco Huerta Rendón.
“Hemos ayudado a los propios compañeros de clases para que no se dejen decir o hacer cosas inapropiadas de los demás”, dice Juliana Tapia, de 11 años, estudiante del colegio fiscal Clara Bruno de Piana.
Ella, por ejemplo, logró que sus compañeros del plantel le dejaran de decir “yo-yo”. Sus vecinos de Mapasingue Este y sus cinco hermanos saben que está recibiendo formación en derechos, por lo que han aprendido a respetarla.
Para Jamil Mancilla, de 12 años, en cambio, lo peor que le pueden hacer a un niño es ignorarlo. “A veces la gente no acepta como eres”, dice y agrega que en ocasiones ha tenido problemas por ser callado.
Con un micrófono en la mano pierde su timidez. Él hace una demostración de sus destrezas de comunicador como parte de la red de niñas, niños y adolescentes comunicadores del Ecuador (Red Nnace).
Jamil se capacita para en el futuro presentar historias locales o en las diversas comunidades del Ecuador, en las cuales se presentarán las problemáticas de la niñez y adolescencia. En el 2006, gracias a la alianza entre la Agencia de Comunicación de Niños y Niñas Adolescentes (Acnna) y Unicef, se concretó la proyección en Ecuavisa de estas historias a través de su campaña Niñoesperanza. Págs. 2 y 3
Bryan Mora, 10 años
ESTUDIANTE
“No puede ser que un amigo esté siempre triste en clases porque su papá le pega todos los días”.