- JUN. 01, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
Hoy me recuerda la iglesia en la misa, con palabras transmitidas por Mateo, el sistema que Jesús me ofrece para ser en la tierra todo lo feliz que puedo ser, y en el cielo eternamente.
Me lo presenta precedido de un rotundo aviso sobre la esterilidad de la palabrería: “No todo el que dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos”. Y luego me lo expone subrayando la importancia de las obras para probar el amor: “el que hace la Voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ese entrará en el Reino de los cielos”.
No debo olvidarlo nunca. Si no hago con mi vida lo que Dios me pide, por más que sea dueño de la “técnica” de orar, no puedo recibir de Dios el premio del Amor.
Pero no se queda aquí mi Dios. Después me advierte cariñosamente sobre el triste fin de ciertos hombres que no hicieron lo que les tocaba hacer: “Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y lanzamos demonios en tu nombre, y en tu nombre hicimos muchos milagros?”.
Es una pregunta ocasionada porque el Justo Juez, en el gozoso día en que nos juzgará, no parece estar dispuesto a dar una sentencia favorable a los interesados. Piensan ellos que el Señor sufre de amnesia, y por eso le recuerdan sus espectaculares “hojas de servicio”.
Sin embargo, sus trabajos no les sirven para nada. Porque el Juez, en vez de aminorar la pena, les subraya su castigo: “Nunca les conocí –les dice claramente–; apártense de mí los que obran la iniquidad”. Mas si no debo olvidar de que solo con decir “Señor, Señor” no me darán el cielo, tampoco debo echar en saco roto que para alcanzarlo, no sirve hacer lo que me gusta, o lo que me parece digno de alabanza: he de hacer la voluntad de Dios y no la mía. Porque si no la hago, en el fondo estoy frenando el plan que tiene Dios para llevarme al cielo.
Y lo mismo le sucedería a usted si en vez de trabajar, como el Señor le pide, consumiera su precioso tiempo predicando, haciendo curaciones milagrosas, o expulsando los demonios. Puesto que por grandiosos que parezcan estos menesteres, si no son la voluntad de Dios, repito que no sirven para nada.
En cambio, cuando son la voluntad de Dios, con expresión de San Josemaría, se convierten en la llave para “abrir la puerta” y para “entrar” en el ansiado Reino de los cielos.