Cualquier escritor que haya batallado para “encontrar las palabras” se animará con la humilde autoevaluación escrita por Ian Fleming, el encantador y poco convencional británico nacido en mayo hace 100 años y quien se convirtió en uno de los autores más exitosos de su época al crear al espía más amado del mundo: James Bond.
Fleming murió en 1964, a los 56 años, debido a complicaciones de una pleuritis tras jugar una ronda de golf en Oxford-shire, a pesar de padecer una fuerte gripe. Pero las verdaderas causas fueron los años de fumar hasta 80 cigarros diarios y beber demasiado alcohol. Quizá debido a la dificultad que encontró para resistirse a los placeres de la vida, adoptó una estricta rutina para escribir en sus últimos 12 años, periodo en el que produjo más de una docena de novelas de Bond que generaron la multimillonaria franquicia cinematográfica.
Tras levantarse temprano para nadar en la pequeña ensenada a los pies de Goldeneye, su idílico refugio jamaiquino, tecleaba con 6 dedos en su máquina de escribir Remington durante 3 horas en la mañana y 1 en la tarde —2.000 palabras al día, o una novela completa en 2 meses—.
Fleming, quien vio venderse 40 millones de copias de sus libros en vida, pero murió antes de que la franquicia de Bond se volviera un éxito de locura, no tenía pretensiones literarias. Describió su primer libro de Bond, Casino Royale, como “una obra tonta”, y le restó aún más importancia en una entrevista de radio con la BBC, en 1963. “Si espero a que llegue el genio, no llegará”, dijo. Al preguntarle si Bond había evitado que hiciera escritos más serios, del tipo logrado por su hermano mayor, Peter, explorador y escritor de viajes, replicó: “No participo en la carrera de Shakespeare. No tengo ambición”.
El enfoque cotidiano de Fleming para escribir es una de las revelaciones que atrae a multitudes de fanáticos de Bond a For Your Eyes Only: Ian Fleming and James Bond, exhibición que abrió, en abril, en el Museo Imperial War de Londres y que se extenderá hasta marzo del 2009.
La muestra explora la relación entre Fleming y Bond, al examinar cuánto del espía de ficción se basa en el carácter del autor —el grado al que el Agente 007 fue su “versión fantasiosa de sí mismo”, explicó Terry Charman, historiador titular del museo y curador de la exhibición. Además, muestra cómo el elegante y encantador Fleming recurrió a sus experiencias como hombre de mundo y como corresponsal extranjero de antes de la guerra; en el mundo de la banca y las inversiones; en sus estancias en Jamaica, y como ayudante de la Segunda Guerra Mundial para el director de la junta directiva de inteligencia naval de Gran Bretaña, para brindar lo que describió como “verosimilitud” al mundo de espías, villanos y romance. De sus tramas para este personaje, el autor, siempre directo respecto a su talento, dijo: “Las extraje de mis recuerdos de tiempos de guerra, las adorné, les agregué un héroe y un villano, y ya estaba el libro”.
Para M, la irascible y tirana supervisora del servicio secreto, tuvo como modelo al contraalmirante John Godfrey, su jefe de inteligencia de tiempos de guerra. Además, viejos amigos de la escuela, compañeros de golf y novias se transformaron en personajes de Bond. Hasta sus villanos tenían antecedentes de la vida real.
El mismo Bond, explicó Fleming, era “una combinación de todos los agentes secretos y comandos que conocí durante la guerra”, pero sus gustos —por las rubias, los martinis “agitados no revueltos”, los trajes costosamente confeccionados, las camisas de manga corta y los relojes Rolex— eran los propios gustos de Fleming. Pero no todas las comparaciones eran unas que al autor le gustara fomentar. Dijo que el Agente 007 tenía “más agallas que las que yo tengo” y era también “más atractivo”. Y estaba ansioso por desalentar la idea de que había sido igual de mujeriego que Bond antes de su matrimonio con Ann Rothermere, con quien se casó en 1952, año en que escribió Casino Royale.
La exhibición sugiere lo contrario. La sección “Amigas y Amantes” presenta a una de sus tantas novias, Mary Pakenham, que dice: “Nadie que yo conozca estaba tan obsesionado con el sexo como Ian”.