Los despidos en Wall Street desatan miedos y furias
El cerebro se encoge ante la pérdida de un trabajo, que es una de las grandes conmociones de la vida. Cuando no es el operador del puesto contiguo sino uno mismo el despedido, la psique recibe un golpe.
Algunos consideran que puede haber cierto alivio al despedirse de lo que los terapeutas llaman el “terror psicológico” que recorre los pasillos de las instituciones financieras desde el verano pasado. Lo que sigue, sin embargo, lo desconocido, puede no ser menos atemorizador.
A partir de agosto, bancos de todo el mundo anunciaron sus planes de eliminar 65.000 puestos de trabajo.
Muchos de los que ahora pierden su empleo sobrevivieron a otras crisis de Wall Street: la caída del mercado de 1987, los despidos masivos de principios de los años 90 y la tormenta financiera de 1998. Pero los banqueros, los reclutadores y los psicólogos señalan que la actual desaceleración económica, la ola de despidos y la persistencia de las noticias financieras sombrías tienen un costo psicológico especialmente terrible.
“Se trata de la vida de personas”, dice un banquero de inversión que en noviembre perdió su empleo en la oficina de Nueva York del Bank of America. “No es una cuenta de cabezas. No somos ganado”.
Al igual que otros a los que se entrevistó para esta nota, habló con la condición de que no se diera a conocer su nombre. Como muchos de los que fueron despedidos, señaló que el acuerdo de desvinculación no le permite demandar a la empresa ni hacer declaraciones negativas.
En un e-mail, el Bank of America declaró: A veces la reducción de puestos de trabajo es algo necesario, si bien nunca es fácil para el que recibe el mensaje ni para el que lo emite. Siempre tratamos de ser respetuosos.” Los demás empleados a los que se menciona en la nota se negaron a hacer comentarios.
Para un asesor financiero de Merrill Lynch de 50 años, los despidos en su empresa no fueron sorpresa, y la oportunidad que tuvo de aceptar una desvinculación le pareció un regalo. Recibió un paquete de 67 semanas pagadas sobre un sueldo de 101.000 dólares.
Agrega que a veces se siente indignado ante la cobertura periodística que califica los despidos de indignantes y devastadores.
“Si alguien estudió esta industria y también los ciclos económicos, ¿por qué le sorprende lo que está pasando?” declara. “Es como estar en política y decir: ‘No sabía que me podían destituir”. Se calificó de muy cauteloso en lo relativo a sus propios asuntos financieros e indicó que había empezado a planear su jubilación con mucha anticipación.
La situación emocional puede cambiar hasta para algunos de los que sobreviven a una reducción de empleos. “Es como despertarse y encontrarse en otro país”, dice una persona que trabaja para Merrill Lynch desde hace más de 20 años y que sobrevivió a los recientes despidos. Habla de rabia, desconfianza y angustia en Merrill, tanto entre los que se van como entre quienes se quedan. “La gente está aturdida”, afirma.
Marlin S. Potash, una psicóloga especializada en temas financieros describe la reacción emocional en términos de “la depresión”. “La falta de predictibilidad parece tener un elevado costo psicológico”. Después de la crisis de 1987, por ejemplo, los mercados no tardaron en estabilizarse.
Entre los pacientes que consultaron a Alden M. Cass, un psicólogo que atiende a ejecutivos y operadores de Wall Street, hay varios que fueron despedidos de Bear Stearns tras la caída del banco. “Se sentían como si los hubieran puesto ante un pelotón de fusilamiento con los ojos vendados”, dice Cass.
A menudo como consecuencia de la intensidad y volatilidad de su profesión, estos empleados son más propensos que la población en general a padecer angustia, depresión y otros problemas, así como a consumir drogas .
Una empleada de jerarquía media del Bank of America de Nueva York, de 40 años de edad, descubrió que el despido equivalía a perder su identidad. Había trabajado en el sector durante más de 15 años, los últimos 5 en el Bank of America. Se apresuró a señalar que nadie debería compadecerse de ella porque había gente que ganaba mucho menos y se quedaba sin empleo.
Llegó a ganar 400.000 dólares y le ofrecieron una indemnización de 10 semanas. “Cuando me despidieron tuve una sensación de pánico. No sabía qué iba a hacer”, dice. Después del primer momento de shock, recuperó la calma. “Ya no tengo que levantarme, salir y fingir que todo está bien cuando no lo está”.
Tuvo problemas de insomnio y adelgazó. Empezó una terapia, pero se pregunta si le resulta útil. No tener un horario fijo es desorientador. Salía de la casa antes de que su hijo se despertara y a volvía por la noche.
“Lo primero que la gente pregunta es qué es lo que una hace”, dice. “Si una ya no hace nada, ¿cómo se siente?”