Los individuos y los pueblos construyen su vida cada día a partir de los anteriores. Esa es la relación del presente con la historia, ya que se construye sobre el pasado y a la vez pone las bases del futuro. En otras palabras, es el resultado de la historia, pero también la historia del porvenir.
Ningún adulto lo es sin haber sido niño y su personalidad es, en mucho, el resultado de lo vivido en su infancia y en su adolescencia, por eso, a veces, para explicar su manera de pensar, su comportamiento y su forma de relacionarse con los demás, hay que buscar en el ayer.
El ser humano sabe que es un ser que decurre, que tiene raíces y que, a su vez, lo es para otros, por eso es común que quiera conocer su pasado y el de su familia y que guarde o busque las fotos o los objetos que se lo recuerdan.
Los pueblos también tienen raíces y deben conocerlas para comprender su presente y planificar su porvenir. Si conociéramos mejor la historia de Guayaquil, los guayaquileños nos explicaríamos mucho de nuestra manera de ser y los ecuatorianos todos comprenderían mejor las instituciones, los anhelos, las decisiones y el futuro que esta ciudad quiere construir.
Por esto el Archivo Histórico es una institución indispensable en la vida de la ciudad y lo es más desde hace once años, cuando la Fundación Miguel Aspiazu Carbo asumió su administración, porque es desde entonces, que se lo puede considerar tal.
Quienes lo visitamos alguna vez en busca de información, recordamos que antes era una bodega de papeles descuidados, húmedos, amontonados, sin ninguna clasificación, en un local del llamado Centro Cívico, que nunca llegó a ser tal, y podemos reconocer el cambio.
Hoy el Archivo Histórico es un lugar de estudio e investigación que hemos aprendido a respetar y al que sabemos que podemos acudir cuando queremos enriquecer el conocimiento de nuestra identidad. Allí podemos encontrar documentos desde el siglo XVI, más de 6.000 fotografías que hablan del ayer, libros, ordenanzas, actas, en fin, lo que nos permite acercarnos a nuestras raíces y a nuestra evolución. Su rescate ha sido coincidente con el de la ciudad y sus publicaciones en libros o artículos de prensa han enriquecido la autoestima de los guayaquileños.
También ha tenido un incansable trabajo de capacitación a maestros y ciudadanos sobre la historia y la metodología de su enseñanza.
Por todo lo anterior, los guayaquileños no entendimos cuando el Banco Central anunció, sin ofrecer alternativas, que retiraba el apoyo económico y pedía la devolución del local entregado en comodato. Luego se dijo que fue un error.
En todo caso, ojalá que lo ocurrido sirva, también, para que quienes no son guayaquileños entiendan por qué la ciudad reclama una autonomía efectiva, que contribuya a la unidad del país, sin prejuicios y sin agresiones.