Lo he dicho y lo repito: los actos de presentación de libros rompen su esquematismo tradicional cuando el autor se incorpora de manera activa a esa reunión de curiosos y futuros lectores que, convocados por una nota de prensa, acuden a la reunión, un poco a ciegas. Y según el cariz de la cita en la que influye una serie de factores para ser exitosa, crecerá el interés por la obra literaria.
Es que al libro ya no puede dejárselo solo. No basta que se exhiba en una vitrina ni espere, paciente, en las repisas. Hay que empujar su circulación en el medio, hay que buscar mecanismos para, como cualquier otro producto (y me cuesta admitirlo) ofrecérselo al consumidor aureolado por cantos sobre su atractivo. Por eso, dispuesta a seguir en la construcción de lectores, hoy me dedico a los “conversatorios”, bajo la inspiración de mi querida Sociedad para el Fomento de la Lectura. Salí feliz del que tuve con Rafael Lugo, el pasado miércoles. Solo había hablado con él por teléfono, en el encuentro personal aprecié a una persona sin poses, abierta, que respondió a cada pregunta mía y del público con la actitud de quien está descubriendo cosas en el camino.
El motivo de la reunión fue revisar la génesis y alcances de la novela Veinte, su segundo libro. Una pieza narrativa relativamente breve que, como nos contó, está consiguiendo buen e igual número de lectores en Guayaquil y en Quito, a pesar de que en nuestro puerto su nombre recién empieza a sonar. Toda la novela es una carta que el personaje narrador dirige a un amigo muerto hace catorce años. Un tono de amarga derrota domina la voz de esa conciencia crítica que va de lo individual a lo colectivo, haciendo el balance implícito de un tiempo y un espacio.
¿Es mejor morir que seguir viviendo como espectador –imposible el protagonismo donde no hay horizontes–, como peón prescindible de una partida de ajedrez movida por manos invisibles (Borges dixit)? ¿O acaso el flujo de la poderosa vida tiene tanta fuerza que levanta a los cadáveres voluntarios? Muchas preguntas se ensayan en esta novela. El rostro de Quito es identificado como femenino a pesar de que se le reconozca fuerza para “sacar a patadas al cafre que siendo presidente decide comportarse como cafre”. Aceptar que la inclinación de los ecuatorianos a cultivar la fiesta es la única forma de huir “marchando en el mismo terreno” y declarar con lucidez que la mejor manera de morir en Quito es “aplastado por la desesperación”, revela una forma de sabiduría existencial que apuntala la novela por todas partes.
La elección de escribir una historia en primera persona, haciendo del narrador la conciencia reveladora y dirimente, corre un riesgo: que los lectores confundan esa voz con la del autor. Por eso resalto el énfasis de Lugo al describir a sus personajes masculinos: son cobardes, patéticos; y la masculinidad adolorida de su protagonista lo hace agresivo y descalificador de las mujeres.
Bella historia de una amistad, intenso relato de búsquedas y angustias con las que toda una generación podría identificarse. Le dije al autor esa noche que a ratos, leyendo sus páginas, la lírica de Miguel Hernández me sonó en el oído porque en su obra alguien también revela que al amigo perdido se le puede decir “siento más tu muerte que mi vida”.