viernes 30 de mayo del 2008 Columnistas

Yunque o martillo

Los escritores que pasan a la posteridad debido al poderío de sus obras impresionan por su capacidad de formular inquietudes que podrían enrumbar nuestras vidas. Voltaire, magnífico representante de la Ilustración francesa del siglo XVIII, llegó a decir: “Temo que en este mundo estemos reducidos a ser yunque o martillo, ¡y dichoso quien escapa a esta alternativa!”. Los responsables actuales de la conducción del país, desde el poder, ¿quieren ser el martillo que transforma a mazazos el material en cuestión, o se sienten como el yunque sobre el cual los objetos son moldeados hasta alcanzar una forma distinta? Me asalta esta duda porque la exigencia de realizar cambios inmediatos desde el Estado nuevamente ha salido de labios del presidente Rafael Correa como una demanda que sería el sello de su acción de gobierno.

Si el propósito es obtener transformaciones visibles y rápidas, de gran impacto, ¿es posible desechar la lógica binaria del yunque y el martillo? ¿Por qué blandir el martillo?, ¿quién soportará el rol del yunque? ¿No sería deseable –justamente ahora que hay gente renovada en los mandos del Gobierno– que se aproveche del frescor de varios funcionarios y de sus postulados para superar la triste alternativa de golpear o ser golpeado? ¿No sería bueno para el Gobierno nacional y el propio Presidente calmarse en aras de no caer en esta dicotomía belicosa y alcanzar nuevas adhesiones con una propuesta y un estilo que den tranquilidad a amplios sectores de la población?

Nadie discute la misión fundamental que el pueblo le encomendó al presidente Correa: la profundización y radicalización de la democracia; esto es, la concreción de una democracia de verdad (democracia que fue vapuleada por los representantes de todos y cada uno de los partidos que gobernaron desde 1979). Por eso la tarea es apuntalar una sociedad que propenda a la concertación; que disminuya las distancias entre ricos y pobres; que concrete sistemas de calidad en educación y salud; que efectivice la dotación de servicios especialmente en el campo; que garantice el trabajo; que tenga la justicia como norte; que provea a los ciudadanos de una seguridad social que alcance a la familia; que estimule el emprendimiento y resguarde las inversiones; que eleve los niveles culturales de la ciudadanía… Pero hacer todo esto, y bien, tal vez no sea posible en pocos años; pero aquello que sí se logre plasmar hay que hacerlo de la mejor manera, de otra manera, y sin repetir los errores del pasado.

El Presidente debe haber percibido que los avatares de la gobernanza desgastan especialmente por el estilo de vivir peleando. Queremos una civilidad política en la que ni un solo habitante se sienta con derecho a golpear y que asegure que nadie que no se haya salido del marco legal será golpeado; lo ideal es un proceso en que la dignidad de las personas esté por encima de esta dicotomía. Seremos mejor país cuando las ideologías sean exclusivamente basamento de realizaciones materiales y no cercas mentales que desconozcan la contribución que cada uno entrega a su comunidad. Si la inmensa mayoría de ecuatorianos escapa de esta terrible disyuntiva en que nos pone la política, entonces, tal vez, seremos aquellos dichosos que imaginó Voltaire.
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