miércoles 28 de mayo del 2008 Columnistas

¿Estado plurinacional?

En 1830 se fundó y organizó el Ecuador a través de la primera Carta Política de la República. No obstante de ello, ¿podríamos afirmar que concomitantemente con el nuevo Estado también emergió la nación ecuatoriana?

Para ensayar una respuesta a esa inquietud, comencemos diciendo que en una Carta Magna lo que se establece son clases de ciudadanía, pudiendo adquirirla ya sea por nacimiento o naturalización. Pero un concepto más profundo y elaborado que la nacionalidad tiene que ver con la nación como tal, la cual no necesariamente requiere de la presencia de un Estado para su configuración, como se advierte en el caso palestino.

Así, Benedict Anderson, define a la nación como una comunidad política imaginada, que se concibe limitada y soberana. En efecto, es imaginada ya que los miembros de esa comunidad ni siquiera necesitan conocerse entre sí para establecer lazos de unión que los cohesione e identifique fuertemente. Ahí están presentes una historia, cultura y proyecto de vida comunes que sellan esa hermandad. Asimismo, la nación tiene un carácter limitado ya que esta no se extiende indefinidamente, más bien pone atención en la diferenciación o distinción con otros grupos humanos, incorporando consecuentemente la visión de soberanía.

Como vemos, la nación es un proyecto –de corte dialéctico– que se encuentra en permanente formación. De ahí entonces, que la construcción de esa comunidad imaginada no se asegura a través de una norma constitucional o un mandato made in Montecristi, más aún cuando vivimos en una época signada por la mundialización que alimenta la crisis de identidad y la defensa de lo local y heterogéneo frente a la corriente de lo global y homogéneo y, de esa manera, no perderse en los laberintos filosóficos del existencialismo.

Y es que hay que tener claro que la nación ecuatoriana no surgió por creación espontánea, sino que requirió al inicio de la conformación de un Estado central y unitario para aglutinar a toda la población bajo una misma autoridad y legislación. Asimismo, se apeló a la religión, como un elemento de conexión entre la población. Y hasta el viejo luchador, el general Eloy Alfaro, aportó con su visión de estadista al presentar al ferrocarril no solamente como un medio de transporte, sino, sobre todo, como un poderoso instrumento para aproximar a la gente serrana con la costeña, haciendo posible su reconocimiento.

Entonces, determinado así el concepto de nación, resulta bastante delicado plantear –sin mayores argumentaciones– la existencia de un estado plurinacional, en reemplazo del Estado multiétnico, definido en la moribunda Constitución de Sangolquí.

Por lo mismo, es necesario debatir sin fundamentalismos este tema, soslayando aquellas simplificaciones peligrosas de la realidad que hacen algunos aprendices de fundadores de la patria. No podemos correr el albur de balcanizar al Ecuador, creando en la norma suprema fantasmas con rostros separatistas o condiciones para el aparecimiento de nacionalismos exacerbados.
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