En la fría mañana quiteña del sábado 24 de mayo, con las Fuerzas Armadas escuchándolo atentamente, el señor presidente Rafael Correa dijo: “Con las armas de la justicia y la verdad vencimos categóricamente en el campo político y democrático; pero ante una nueva mácula a nuestra soberanía, de ser necesario, venceremos también en el campo de batalla”.
Todos tenemos claro que el ataque colombiano a las FARC en nuestro territorio fue una violación flagrante de soberanía. Los países se rigen por las leyes de convivencia internacionales, regionales y nacionales y ningún estado puede invadir a otro. Mas cuando esto no fue una incursión de respuesta inesperada sino un acto largamente calculado. Es propio de grupos ilegales no respetar las leyes, pero los estados se caracterizan o deben caracterizarse por respetar, cumplir y hacer cumplir los acuerdos que rigen la convivencia y que le ha llevado cientos de años, si no miles, a los seres humanos lograr formularlos, aprobarlos y respetarlos.
El Ecuador se ha autoproclamado múltiples veces como un país de paz y comparado con los problemas de guerras y guerrillas que han aquejado y aquejan a nuestros vecinos más cercanos, eso es verdad. También ha sido su tesis no involucrarse en una guerra ajena. No dejarse arrastrar por los amos de la guerra a conflictos que se saben cuándo empiezan, pero no cuándo acaban, que dejan poblaciones deterioradas, con resentimientos y heridas que acompañan a veces por siglos.
La señora Canciller en otro contexto, a propósito de los cambios en las FARC luego de la muerte de Tirofijo, dijo que “El uso de las armas es el último recurso. Un conflicto militar tendría dimensiones mucho más grandes y sería un problema regional”.
El uso de las armas no es el último sino el penúltimo recurso. El último siempre ha sido y será el logro de la paz, por todos los medios que los seres humanos inventamos o podemos inventar. Todas las guerras terminan o deben terminar en acuerdos de paz. En el peor de los casos con el exterminio del otro como en el caso de la ciudad de Lídice. Las guerras no se ganan porque se tiene la razón o se defienden causas justas. Se ganan porque se tienen mejores armas, mejor ejército, mejores estrategas. Porque se entra en la vorágine de gastos que más capital mueve en el mundo y que supera a lo que mueven las drogas. Gastos en los que el Ecuador ha entrado con pie firme. Guerras en la que aquellos que la libran muchas veces terminan por no saber qué defienden ni a quién.
Hay guerras para las que sí deberíamos prepararnos, la guerra del hambre que nos informan acosará a la humanidad, a nosotros, muy rápidamente, con efectos devastadores en vidas humanas y en miedos colectivos. Lo que sucede en Sudáfrica, donde la población negra expulsa, golpea y mata a refugiados negros de países vecinos que en un pasado muy cercano los habían ayudado y a los que ahora ven como competidores en la necesidad de encontrar empleos y comida, puede ser un espejo en el que no deberíamos mirarnos.
Para esa guerra hay que apuntalar la producción del país, hay que generar confianza, respeto y solidaridad.
A ese campo de batalla estamos convocados todos, con trabajo, con ideas, con alegría y con perseverancia.