Se ha dado un intenso debate en esta campaña con respecto a cuál de nuestros enemigos debería el siguiente presidente de Estados Unidos dignarse a dirigirle la palabra. Sin embargo, la verdadera historia, pudiera descubrir el próximo presidente, gira en torno a cómo muy pocos países están pendientes de que nosotros los convoquemos. Es difícil recordar una época en la cual haya ocurrido más cambios en el balance mundial del poder de una sola vez con muy pocos a favor de Estados Unidos.
Empecemos con el más profundo: con frecuencia cada vez mayor, me siento convencido de que el gran fracaso de la política exterior que será adjudicado a la presente administración no es el fracaso de lograr que Iraq funcione, aun con lo devastador que ha sido. Será una falla con implicaciones mucho mayores en el balance del poder: el fracaso para poner en marcha una efectiva política energética tras los atentados del 11 de septiembre del 2001.
Me deja abrumado el hecho de que el presidente Bush haya preferido viajar a Arabia Saudita en dos ocasiones en cuatro meses y suplicarle al rey saudita un respiro en cuanto a los precios del petróleo, en vez de pedirle al pueblo estadounidense que compre automóviles con mayor rendimiento de combustible o acepte un impuesto sobre las emisiones de bióxido de carbono o la gasolina que, de hecho, pudiera contribuir a liberarnos de lo que, en sus propias palabras, es nuestra “adicción al petróleo”.
El fracaso de Bush para movilizar plenamente el motor más potente de la innovación en el mundo –la economía de Estados Unidos– a fin de que produzca una alternativa escalable al petróleo ha contribuido a darle impulso al ascenso de una diversidad de estados “petroautoritarios” –desde Rusia, pasando por Venezuela, hasta Irán– que están moldeando de nuevo la política mundial a su imagen.
Si continúa esta descomunal transferencia de riqueza a los petroautoritarios, después seguirá el poder. Con base en el testimonio ante el Congreso que rindió este miércoles el experto en energía Gal Luft, con el barril de petróleo a $ 200, la OPEP “potencialmente podría comprar el Bank of America con el equivalente de un mes de producción, las computadoras Apple en una semana y General Motors en apenas tres días”.
Sin embargo, eso no es todo. Dos cautivantes libros de reciente publicación describen otros dos grandes cambios de poder: The Post-American World (El mundo pos estadounidense), de Fareed Zakaria, el editor de la edición internacional de la revista Newsweek, y Superclass (Súper Clase), escrito por David Rothkopf, académico invitado en la Fundación Carnegie.
La tesis central de Zakaria es que si bien Estados Unidos aún tiene muchos activos únicos, “el ascenso del resto” –los países como China, India, Brasil e incluso actores menores que no son estados– está creando un mundo en el que otros países están ascendiendo lentamente hasta el mismo nivel de influencia económica y autoafirmación de Estados Unidos, y en cada ámbito.
“Actualmente, India tiene 18 canales propios totalmente dedicados a las noticias”, destaca Zakaria. “Además, las perspectivas de que ellos suministran son muy diferentes respecto de las que usted vería en los medios de comunicación de Occidente. El resto ahora tiene la confianza para presentar su propia narrativa”.
A lo largo de mucho tiempo, argumenta Zakaria, Estados Unidos ha tomado sus activos naturales –sus ricas universidades, mercados libres y una diversidad de talento humano– y ha dado por hecho que siempre compensarán la baja tasa de ahorro de nosotros, los estadounidenses, o la ausencia de un sistema de cuidado de salud o cualquier plan estratégico enfocado a mejorar nuestra competitividad.
“Eso estaba bien en un mundo en el cual muchos países no se estaban desempeñando bien”, argumenta Zakaria, pero los mejores ahora corren a grandes pasos, trabajan duro, ahorran bien y piensan en el largo plazo.
“Ellos han adoptado nuestras lecciones y están jugando nuestro juego”, dijo. “Si nosotros no reparamos nuestro sistema político y empezamos a pensar estratégicamente con respecto a cómo mejoramos nuestra competitividad, agregó, “Estados Unidos enfrenta el riesgo de ver cómo su única y ventajosa posición en el mundo se erosiona a medida de que otros países ascienden”.
El libro de Rothkopf argumenta que en lo concerniente a muchos temas de importancia crucial en nuestros tiempos, la influencia de todas las naciones-estado está menguando, el sistema enfocado a encontrarle solución a problemas mundiales entre naciones-estado es más ineficaz que siempre, y por lo tanto se está creando un vacío de poder. Este vacío con frecuencia está siendo ocupado por un pequeño grupo de actores –”la superclase”–, una nueva élite mundial, que está mucho mejor preparada para operar sobre el escenario mundial e influir sobre resultados mundiales que la gran mayoría de los dirigentes políticos de las naciones.
Algunos integrantes de esta nueva élite “vienen de negocios y finanzas”, destaca Rothkopf. “Otros forman parte de algo similar a una nueva y oscura élite: criminales y terroristas. Algunos son los amos de nuevos o tradicionales medios de comunicación masiva; otros más son líderes religiosos, al tiempo que unos pocos son altos funcionarios de los gobiernos que tienen la capacidad de proyectar su influencia en todo el mundo”.
El próximo presidente de Estados Unidos tendrá que controlar a estos nuevos estados en ascenso y estos nuevos individuos y redes en ascenso, al tiempo que visten la camisa de fuerza que Bush dejó en la Oficina Oval.
“Llamémosle el triple déficit”, comentó Rothkopf. “Un déficit fiscal que pronto nos tendrá eligiendo cuidado de salud racionado, educación suficiente, infraestructura adecuada y niveles tradicionales de presupuesto para la Defensa, un déficit comercial que nos tiene pidiendo préstamos a nuestros rivales al punto de una vulnerabilidad real, aunado a un déficit geopolítico que es uno de los legados de Iraq, lo cual podría traducirse en dudas para asumir posturas firmes donde debamos”.
La primera regla de los hoyos es que, cuando estás dentro de uno, dejes de cavar. Cuando estés en tres, lleva contigo muchas palas.
©The New York Times
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