Liga de Quito. Jamás ese nombre fue tan pronunciado en el continente americano. Nunca estuvo tan cercano a la fama. Como equipo recién está forjando su carácter. Es ahora o nunca en la Copa Libertadores.
La felicidad tiene forma de semifinal; la euforia es una estación más allá: se llama 2 de julio. Y el paraíso es la última parada. Ya veremos hasta dónde alcanza el boleto de Liga. La gloria no es una chica fácil, sin embargo, el sueño de reinar en América es perfectamente posible.
Liga Deportiva Universitaria. De Quito. Jamás ese nombre fue tan pronunciado en el continente americano. Nunca estuvo tan cercano a la fama, a la cima. Es posible que en años precedentes Liga ostentara apellidos más rutilantes: Giovanny Espinoza, Aguinaga, Reasco, Palacios, Édison Méndez, acaso unos más vigentes Agustín Delgado y Franklin Salas… La luz de la historia tal vez ilumine otros: Joffre Guerrón, Cevallos, Urrutia, Manso, Bolaños, Vera, Bieler, Norberto Araujo…
Del choque ante San Lorenzo extrajeron dos experiencias esenciales estos pioneros muchachos de Liga: 1) Jugar de visita ante una rugiente multitud y un rival agresivo. Pasaron la prueba con serenidad, inteligencia y temple.
2) De local no se pueden tomar prisioneros: hay que liquidar al enemigo.
Con un hombre más, con siete u ocho posibilidades netas de gol, Liga perdonó y debió sufrir el martirio de los penaltis. ¿Cómo lograrlo? Con más concentración, mayor agresividad, más decisión.
Lo que viene es un plato agridulce; por un lado, la instancia semifinal genera más presión en el jugador: ahora sabe que tiene al país detrás; por el otro, el rival debiera ser más accesible. Es mucho más aliviado jugar de visita en México que en Argentina, donde se es visitante-visitante. Y el América, aunque resucitado, no es San Lorenzo de Almagro.
Como una cometa sin cola, las Águilas se hamacan alocadamente entre la victoria y la derrota. De diez partidos ganaron cinco y perdieron cinco. En goles no se quedan atrás: marcaron quince y recibieron quince. Algún neófito podrá decir que es un equipo parejo; nada más opuesto. Con once derrotas seguidas, hilvanó la peor campaña de su historia en el torneo local. Electrocutó dos DT y un presidente en dos meses. Liga debe respetarlo, no temerlo.
Pocas veces el factor individual incide tan nítidamente en el destino de un equipo. Esto acontece en América con el uno y el nueve. El uno, Memo Ochoa, es posiblemente uno de los cinco mejores arqueros del mundo junto con Gianluigi Buffon, Iker Casillas, Edwin Van der Sar y Juan Pablo Carrizo, el aún poco conocido internacionalmente golero de River. Ochoa, que deslumbró en la última Copa América (¡Hugo Sánchez lo ponía un partido a él y dos a Oswaldo Sánchez…!) es capaz de cualquier milagro, de la tapada más inverosímil. Tuvo algunas actuaciones de fábula en esta Copa (ante Católica y Flamengo, por ejemplo).
Arriba, Salvador Cabañas es un yaguareté, un temible predador solitario que ataca en cualquier momento. Fuerte, aguerrido como genuino paraguayo, sobrevive sin mucho juego asociado y tiene un disparo potente y seco que lastima siempre. Como no recibe balones con frecuencia, Cabañas baja varios metros a buscarlos. Ahí lo tiene que apretar Vera, el más áspero y veloz del medio. Inmediatamente atrás deberá escalonarse un zaguero.
La explicación de por qué un flojísimo equipo como América llegó a semifinales son los goles que salvó el mexicano y los que anotó el guaraní.
No hay que bucear en aguas más profundas. A un equipo como Liga, que aún está forjando su carácter, le conviene ser local en la revancha. No es fácil llegar, pero el camino nunca estuvo tan despejado. Es ahora o nunca.