En meses recientes, los bebedores de vino estadounidenses han tenido su turno como objeto de ridículo de la cultura pop. En recuentos en la prensa de dos estudios sobre la psicología del vino, los consumidores han sido representados como ingenuos, sujetos a manipulaciones de mercadotecnistas, críticos y productores charlatanes que han envuelto al vino en un aura de misterio y una falsa sofisticación con la esperanza de separar mejor al público de su dinero.
Uno de esos estudios fue concebido por Robin Goldstein, crítico de comida, para intentar aislar a los consumidores de la influencia externa para que simplemente pudieran juzgar al vino de acuerdo con lo que hay en la copa. Pidió a 500 voluntarios que cataran y calificaran 540 vinos no identificados, con precios que iban desde 1.50 hasta 150 dólares la botella. Los resultados son descritos en un nuevo libro, “The Wine Trials” (Las pruebas del vino).
En el número del 7 de abril de la revista Newsweek, un breve artículo resaltó los triunfos del libro: una botella de champaña de 10 dólares del estado de Washington obtuvo una mejor calificación que un Dom Pérignon, que se vende en 150 dólares la botella, mientras que Two-Buck Chuck, el cabernet sauvignon barato de Charles Shaw de California, superó a una botella de cabernet de 55 dólares del Valle de Napa. “Cien vinos que cuestan menos de 15 dólares superaron consistentemente a sus primos finos”, señaló el artículo.
De hecho, el libro demuestra que lo que les gusta a los bebedores novatos es diferente de lo que les agrada a los expertos en vino. Los expertos prefirieron el Dom Pérignon.
En un segundo experimento, investigadores en el Instituto de Tecnología de California y la Escuela de Negocios de Stanford, en California, demostraron que entre más caro creen los consumidores que es un vino, más probable es que sientan placer al tomarlo.
Los investigadores escanearon los cerebros de 21 novatos del vino voluntarios mientras bebían pequeños sorbos de vino. A los participantes se les informó sólo el precio de las botellas. Sin saberlo, cataron un vino dos veces, y se les dio dos precios diferentes para ese licor. Invariablemente, prefirieron el que pensaban que era más caro. La correlación entre precio y calidad es tan poderosa que afecta no sólo nuestra percepción del vino, sino de todos los bienes de consumo.
“No sólo se trata del vino, ¡se trata de todo!”, expresó Dan Ariely, autor del libro “Predictably Irrational: The Hidden Forces That Shape Our Decisions” (Previsiblemente irracional: Las fuerzas ocultas que moldean nuestras decisiones). “Si esperas no recibir algo tan bueno, ¡sorpresa!, no es tan bueno”, dijo Ariely. “Lo consideramos como una realidad objetiva.
No vemos cuánto es creado por nuestra mente.” Mientras tanto, los consumidores enfrentan un pantano impenetrable de jerga del vino: la revista Wine Spectator recientemente evaluó un tinto argentino como “oscuro y suntuoso, con muchas notas de pan de higo, moca, ganache, ciruela pasa y arcilla. Su textura se mantiene fina al final, con toques persistentes de salvia y de aromas tostados”.
Para poder comprender todo esto, los consumidores recurren a las calificaciones, una manera resumida y fácil de encontrarle sentido que, por desgracia, requiere que todos los vinos sean juzgados en la misma escala aparentemente objetiva.
Sin embargo, el sistema de calificación ha generado una actitud hacia el vino que ignora el contexto, que es tal vez una consideración más importante para disfrutar dicha bebida que cualquier otra cosa.
El contexto podría ser el aspecto más subestimado del disfrute del vino. Tyler Colman es autor de un libro que se publicará este otoño, “A Year of Wine”, que se enfoca en el contexto. “El estado de ánimo, la comida y el contexto realmente importan”, dijo.
Del mismo modo que entender cómo vestirse para ciertas ocasiones es intuitivo para muchas personas, así, también, se vuelve instintivo para los amantes del vino, con el paso del tiempo, saber cuál es la botella precisa que deben abrir.
Ojalá todos pudiéramos lograr esa sensación de libertad y serenidad, en la que nos hayamos saciado de todo, y podamos simplemente escoger el vino correcto porque es el vino correcto.