Domingo 25 de mayo del 2008 Religiosa y Obituarios

El asombro de los ángeles

Así como los presidentes son acompañados siempre por sus edecanes, así Nuestro Señor, el Rey del Universo, también es siempre acompañado por sus servidores. Solo que los ayudantes de Jesús son Príncipes del Cielo. Criaturas como usted y como yo, pero espirituales.

Su inteligencia, aun siendo extraordinaria no puede, sin embargo, conocer los actos libres que se harán en el futuro. Puede sí conjeturarlos excelentemente. Pero no puede jamás –salvo que Dios se los revele – “adivinarlos” o profetizarlos.

Pues bien, cuando los ángeles que acompañaban siempre a Cristo (y los Custodios de los hombres y mujeres que le oían) escucharon la promesa de la Eucaristía que hoy recoge el evangelio de la Misa, se quedaron asombrados.

Jesús había dicho, entre otras cosas: “El pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”. Y como no podían ni soñar lo que después se llamaría “Transustanciación”, muy probablemente se preguntarían, igual que hicieron los judíos, de qué modo iba a entregar su cuerpo como pan.

Pero los ángeles no se inquietaron ni se rebelaron. Bien sabían, por la Encarnación del Verbo, que Dios perdía la cabeza por sus hijos. De modo que creyeron y esperaron.

Cuando Jesús dijo después:   “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él”, nuevamente se asombraron al considerar lo que Jesús pensaba hacer con los que le comieran y bebieran. Pero creyeron y esperaron otra vez. No protestaron ni manifestaron extrañeza.

¿Hasta cuándo no supieron lo que haría el Rey? Hasta que su Señor, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus manos y les dijo a los apóstoles: “esto es mi cuerpo”.

Los ángeles entonces comprobaron que Jesús se había vuelto loco de remate; que se había despojado de sus accidentes corporales, y se había revestido de los propios de aquel pan. Y lo mismo había hecho, para poder aparentar ser vino, con su Preciosa Sangre.

Pero lo que les asombró infinitamente más fue que Jesús, para que hicieran casi eterna aquella humillación, les diera a los apóstoles poder para perpetuar la “Transustanciación”. Es decir, poder para que nuestro Dios, donde y cuando lo quisieran ellos, aparentara ser una obediente y silenciosa cosa.

Todo esto que imagino, a usted y a mí nos sirve para valorar lo que celebra hoy la Santa Madre Iglesia: la gran Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor.
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