De todos los titulares halagadores que daban la bienvenida al estreno de la primera película pakistaní que se veía en India desde hacía cuatro décadas, hubo uno que se le quedó grabado a su director, Shoaib Mansoor. “No sabíamos que Pakistán tuviera unas casas tan buenas”, decía el titular, como recordaba Mansoor. Era una señal chocante de lo poco que conoce la gente de India a sus vecinos del otro lado de la frontera.
Durante los últimos 43 años no se ha distribuido en las salas de cine de India ningún film producido en Pakistán, hasta el estreno en marzo de la película de Mansoor, Khuda kay liye [En el nombre de Dios], en Nueva Delhi. Esta ausencia ha contribuido ha extender la ignorancia de India respecto al Pakistán actual, un país que se distingue por su enconada hostilidad política y que pocos indios han visitado.
El estreno de la película, que batió todos los récords de taquilla en Pakistán el año pasado, fue aclamado como un momento muy significativo en las lentas negociaciones de paz entre India y Pakistán.
El gobierno pakistaní impuso una prohibición en la distribución y difusión de películas indias después de la guerra en 1965 entre ambos países. Y durante la segunda mitad del siglo XX, la industria cinematográfica pakistaní, también conocida como Lollywood, cayó en un profundo bache y producía pocas cosas que merecieran el interés de India, que ya está bien servida por su propia industria cinematográfica, Bollywood.
A pesar de la prohibición, las copias piratas de los éxitos de Bollywood siempre han sido enormemente populares en Pakistán.
Y en 2006, gracias a una mejora de los vínculos políticos, el Gobierno pakistaní empezó a relajar poco a poco su actitud y permitió que se emitieran legalmente un número limitado de películas indias.
“Los filmes indios nunca dejaron de llegar a Pakistán en DVD”, comenta Mansoor. “Por eso todos los pakistaníes tienen una idea muy clara de cómo se vive en India. Pero en el otro sentido no llegaba nada, de manera que la India tiene unas ideas muy erróneas acerca de Pakistán”.
La película ha sido editada en India, donde a Mansoor le chocó la ignorancia de sus colegas indios en la sala de montaje.
“Tenían unas ideas sorprendentes sobre Pakistán”, recordaba. “Me preguntaban: ‘¿Tenéis taxis allí?; ¿Pueden conducir las mujeres?; ¿Pueden las mujeres ir a la universidad?’. Pensaban que en Pakistán sólo había básicamente fanáticos y mulás”.
Espectadores y críticos se han sorprendido por las revelaciones del film acerca de lo difícil que es ser un musulmán liberal desde el 11-S.
El largometraje describe las vidas de dos hermanos que se alejan cada vez más al adoptar diferentes lecturas del Islam. Uno cae bajo el influjo del mulá local, deja a su grupo de rock sufí y a sus padres liberales y ricos, y se va para unirse a los talibanes. El otro abandona Pakistán para estudiar música en Chicago, donde se enamora de Estados Unidos y se casa con una estadounidense. Pero poco después le arrestan y se ve sometido a abusos al estilo de Abu Ghraib por unos funcionarios que desconfían de sus antecedentes musulmanes y que creen por error que participó en la planificación de los atentados del 11-S.
“Ésa es la tragedia a la que se enfrenta un musulmán”, comentaba Mansoor. “Recibimos palizas de los fundamentalistas, con la excusa de que somos demasiado occidentales, y cuando salimos del país se nos tacha de fundamentalistas sólo porque tenemos nombres pakistaníes”.