A medida que pasan los días parece cada vez menos probable que el próximo presidente de Estados Unidos vaya a usar falda, o un sobrio pantalón femenino.
La senadora Hillary Rodham Clinton se encuentra ahora en lo que casi todos consideran los últimos días de su campaña por la nominación presidencial demócrata.
Parafraseándola, se esforzó por “romper el más alto y duro de los techos de cristal” de la vida estadounidense, pero ahora la presidencia, y hasta una nominación que alguna vez pareció corresponderle, podría encontrarse fuera de su alcance.
La derrota de Clinton, que seguramente se materializará en alrededor de una semana, conlleva una reflexión sobre lo que su campaña representó para las mujeres: una victoria histórica, si bien incompleta, o un deprimente recordatorio de por qué son pocas las mujeres que intentan acceder a cargos altos.
Las respuestas tienen implicaciones políticas inmediatas. Si muchas de las seguidoras de Clinton piensan que su fracaso se debió en parte a una cuestión de discriminación de género, ¿estarán dispuestas a votar al senador Barack Obama, el hombre que la venció?
“Las mujeres sintieron que había llegado su momento, y que ese momento se les robó”, dice Marilu Sochor, una productora inmobiliaria de 48 años de Columbus, Ohio, que apoya a Clinton. “El sexismo desempeñó un papel muy importante en la campaña.”
No todos están de acuerdo. “Cuando se analice la campaña se verá que, en última instancia, ser mujer no fue una desventaja y que, en todo caso, la ayudó”, señala la historiadora presidencial Doris Kearns Goodwin. La campaña de Clinton, agrega, se tambalea debido a “elementos estratégicos, tácticos, que no tienen relación alguna con el hecho de ser mujer”.
En su condición de ex primera dama cuya carrera política evolucionó a partir de la de su esposo, Clinton fue siempre un ejemplo imperfecto de logro femenino. “La mujer de” son los términos en que la describe Elaine Kamarck, una profesora de la Universidad de Harvard que apoya a Clinton.
De todos modos, muchos le atribuyen a Clinton el mérito de haber establecido un nuevo hito en relación con lo que una mujer puede lograr en una campaña: recaudar más de 170 millones de dólares, conseguir mejores evaluaciones que sus rivales masculinos en los debates, concitar el apoyo de las mujeres mayores y obtener el voto de hombres blancos cuyo respaldo era inesperado.
“Llevó la candidatura femenina a un sitial muy diferente al que existía en mi momento”, dice Geraldine Ferraro, seguidora de Clinton y la primera mujer nominada a la vicepresidencia por un partido importante, que compara su breve campaña de 1984 con los 17 meses de lucha de la senadora.
Goodwin y otros señalan que Clinton logró convertir el sexismo que debió enfrentar en votos y donaciones, extendiendo así la duración de una candidatura que experimentó un grave golpe en las primarias de Iowa. Al igual que tantas otras mujeres antes que ella, sufrió provocaciones (en New Hampshire algunos hombres le dijeron que les planchara las camisas) y ofensas (“¿Cómo le ganamos a la perra?” le preguntaron a John McCain en un acto de la campaña).
La respuesta, sin embargo, puede haber sido más poderosa. Días después de que se acusara a Clinton de no hacer una campaña clara, ganó las primarias de New Hampshire y obtuvo una ola de donaciones.
Janet Napolitano, la gobernadora demócrata de Arizona, afirma que ahora el mundo político es diferente gracias a Clinton. “Nunca escuché decir que no puede ser candidata por ser mujer”, dice Napolitano, que apoya a Obama.
Otros, sin embargo, están cada vez más convencidos de que se trata de una competencia injusta. Los partidarios de Clinton hablan de una persistente serie de elementos irritantes: la obsesión por su atuendo, las constantes críticas de que tiene voz chillona, los llamados a que abandone la lucha y, sobre todo sostienen que los comentaristas hombres de los medios fueron siempre más severos con ella que con Obama.
Nancy Wait, una asistente social de 55 años de Columbia City, Indiana, afirma que Obama está mucho menos preparado que Clinton y dice que las recientes declaraciones de éste de que Clinton debía seguir en campaña todo el tiempo que quisiera fueron una muestra de condescendencia. Wait manifestó que “de ninguna manera” votará por él en las elecciones presidenciales.
La campaña de Clinton, se lamentan muchas mujeres, no inspiró un diálogo profundo y rico entre hombres y mujeres, sino sólo las habituales batallas de género consistentes en sarcasmos masculinos y respuestas indignadas de seguidores de la senadora.
La conversación que Clinton alentó entre las mujeres, sin embargo, pareció más nueva y sorprendente. Su candidatura dividió a las mujeres demócratas, para no hablar de las feministas.
La escisión se produjo sobre todo en términos generacionales, ya que las mujeres mayores que libraron sus propias batallas dan muestras de una mayor solidaridad, mientras que las más jóvenes sostienen que votar por un candidato hombre en lugar de una mujer es de por sí una señal de progreso y confianza.
Amy Rees, un ama de casa de 35 años de San Francisco, declara que le costó mucho tomar una decisión y que finalmente optó por Obama, algo de lo que no se arrepiente. Clinton perdió por cuestiones de fondo, señala Rees.
De todos modos, dice, en ocasiones le preocupa la posibilidad de que no haya sido del todo así.
Haciendo referencia a Barack Obama, Rees declara: “El se parece más que ella a los demás presidentes que tuvimos.”