sábado 24 de mayo del 2008 Columnistas

Ciertas verdades

Hace escasas semanas, un grupo de alumnos de último año de bachillerato recién se enteró de que en nuestro país la prostitución es actividad legal, por  tanto, aceptada y vigilada por el Estado. El tema fue motivo de una discusión de clase. Este asunto que, como tantas otras realidades que no por silenciadas dejan de imponer su compleja y dura inmediatez más temprano que tarde, se les viene encima a los niños y a los jóvenes.

Siempre he creído que es preferible tratarlas con talante sereno y juicioso, antes que evadirlas so pretexto de una idílica visión de la inocencia, más fantasía adulta que otra cosa.

Y lo complejo y multiforme de la vida no tiene que ver necesariamente con sexualidad –ámbito todavía dejado al abrigo de los fantasmas y de las deformaciones–. Me doy cuenta de que en mucho, los temores paternos se enfilan hacia los territorios del dolor, la enfermedad y la muerte. Los padres y madres de familia no se cuestionan mucho sobre lo que sus hijos consumen por internet, más bien, ponen la mirada enjuiciadora sobre el material que los maestros ponen frente a los alumnos.

Y los profesores nos desvivimos por encontrar lecturas interesantes que sacudan la modorra mental producida por el exceso de imágenes. ¿Cómo atinar con el disperso gusto de muchachos de 8 a 17 años, que ya vieron todas las películas de terror posible, que se familiarizaron con las escenas de sangre y se ríen con la extrema violencia, que tienen reducido vocabulario y necesitan hacer diez consultas al diccionario por página…
entre otras linduras? A veces apelamos a lo inmediato. El uso del periódico en el aula despliega el abanico de la cotidianidad y permite al maestro variedad de temas y estilos, pero la cara del mundo y del país no puede enmascararse: lo negativo triunfa por encima de las buenas acciones (lo positivo no es noticia en buena parte del periodismo).

Sin embargo siempre nos sale al paso el criterio adverso. “Esa noticia no es apropiada, tal historia precipita una visión dolorosa de la vida, aquella descripción inflama la imaginación”. Cuando lo deseable es precisamente que la imaginación se nutra y cobre vuelo porque los noticiarios informativos acostumbraron la mirada sobre el dolor humano de tal manera que las palabras se estrellan contra el muro del desinterés, de la psiquis dura o perezosa. Por eso, a ratos, parecería desarrollarse una rivalidad desesperada entre el texto y la imagen que más impactan, no a costa de la riqueza de la sugerencia sino a fuerza del tosco realismo.

Nos encerramos en las aulas a intercambiar conocimientos (imposible negar que los estudiantes nos enseñan) mientras la vida y sus verdades –múltiples, cambiantes, históricas, situadas– siguen su indeclinable derrotero. Por eso hoy se defiende la visibilidad de quienes estuvieron confinados en los márgenes. Por eso las teorías tienen que codearse con las palabras de la calle pese a la burla y la incomprensión de la mayoría (¿acaso la idea de la soberanía del cuerpo no les pareció risible a muchos?). Ante todo esto, vale reparar en que siempre terminamos dándonos de bruces con lo que nos estaban ocultando.
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