Fue panameño de nacimiento y ecuatoriano siempre, hasta su muerte. Con su eterna partida perdemos una gran figura del béisbol nacional.
Falleció un grande del deporte ecuatoriano, un hombre que brilló muy alto en la competencia beisbolera y que fue paradigma y ejemplo para sus congéneres.
El sábado 17, cuando a las 06:00 se produjo el deceso de Raúl Látigo Gutiérrez, con pocas horas de diferencia también fallecía don Rafael Guerrero Valenzuela, a quien tuve el gusto de elogiar en vida el 17 de septiembre del 2.000 en esta columna y de quien escribí como lo que fue: valiente, polémico, pasional, vibrante y agresivo unas veces, otras, al rato, ecuánime, reflexivo, comprensivo, tranquilo, desapasionado y amable... limpiamente honesto, patriota y guayaquileñísimo.
Me pareció extraña la muerte de Látigo Gutiérrez porque en enero o febrero pasados fuimos rivales de softbol en las canchas de la Federación Deportiva del Guayas, en Miraflores. Él jugando por La Unión y yo, de parapeto en La Tribu. Allí nos dimos el abrazo de siempre.
Nunca me imaginé que ese lanzador debutante en Emelec en 1959, y que deslumbró desde ese día –como bien lo narró Frank Maridueña cuando hizo una estupenda síntesis de su gloria y trayectoria, un día antes de su fallecimiento por estas mismas páginas–, algún día, pensaba, pudiera ser amigo mío y menos compañeros de equipo jugando softbol.
Desde finales de 1993, posteriormente en 1994, 1995 y 1997, integramos un equipo de softbol en la categoría 40-20 años (hombres mayores de 40 y mujeres mayores de 20) donde dirigía y jugaba Efraín Rico, con Látigo Gutiérrez, Ricardo Chico Rodríguez, Luis Lucho Calamaris, Andrés Reyes, Enrique Picón, Jorge Herrera, Gustavo Cornejo, Nelson Hidalgo, José Abad, Ramón Villacreses, Andrés Carrera Jorge Perasso, y las damas Matty y Gisell Egües y Cecilia Ortega.
Ese equipo, que lo llamamos Guayaquil Antiguo, ganó el último campeonato en 1997 con catorce partidos invictos.
Pero bueno, no es mi intención narrar lo que todos saben: que Raúl fue un gran deportista, mas lo cuento porque lo llegué a conocer bastante bien y destacó su don de gente.
Si hubo alguien, entre los buenos amigos que tuve y tengo, con extraordinaria paciencia fraternal, ese fue Látigo. Todos los que lo conocimos, aún en los momentos álgidos, difíciles y polémicos de la actividad deportiva, sabemos que jamás perdió la cordura; al contrario, inmediatamente buscaba los mejores caminos y el entendimiento para destacar que el deporte es unión, alegría, fe en la vida y paz entre los humanos.
Nunca, jamás, le escuchamos una mala palabra, un tono elevado o una disputa ácida. Era tan buen adversario que a veces a los vencidos les daba consejos, o justificaba sus bajas actuaciones con palabras de mejores deseos para los futuros compromisos. Tampoco se burló de nadie; y en cuanto a sus compañeros, estaba la enseñanza oportuna, el estímulo motivador y jamás dejarse derrotar ni en la derrota.
Con su eterna partida no perdemos a un deportista activo, que lo era en el softbol, sino al de los gratos momentos del béisbol nacional e internacional desde los años sesenta y setenta. Látigo fue panameño de nacimiento y ecuatoriano siempre, hasta su muerte. A su esposa, sus hijos que fueron y son mis compañeros y amigos, mi sentido abrazo y gratitud por su noble proceder.