viernes 23 de mayo del 2008 Columnistas

La desapropiación

ARGENTINA |

Resulta que doña Cristina, nuestra presidenta, acaba de echarle la culpa de nuestra pobreza a la “desapropiación” histórica de sus recursos.  Fue la respuesta al pedido de realismo de José Manuel Durão Barroso, en Lima.

Me he cansado de contestar a mis amigos españoles la pregunta terrible. Tanto que se me ocurrió que debía ensayar una fórmula matemática para explicarlo. Quizá descubramos una nueva teoría científica de esas que elaboran los cráneos de la ivy league. La pregunta sobre el misterio argentino es siempre la misma, casi palabra por palabra: ¿Cómo un país tan rico puede ser tan pobre? La contesto con cierto enfado, más propio de mi impaciencia que de la enojosa situación de colocarse uno en el colectivo de los pobres pero estúpidos. Contesto que la riqueza de las naciones está en la cabeza de sus paisanos y no en la fertilidad de su tierra ni en sus montañas de oro y plata...

¡Pero los argentinos sois inteligentes! Me contestan también invariablemente. Gracias por lo que me toca, contesto, pero resulta que el problema es la inteligencia colectiva. A ver si me explico:

Con el fútbol es más fácil: si tienes buenos jugadores y un buen técnico consigues resultados asombrosos. Los periódicos también son el resultado de la cooperación de unas cuantas personas, igual que cualquier actividad en equipo. Y mucho más claro todavía es el caso de una orquesta. Así, el resultado de la suma de las individualidades que cooperan suele ser superior a la pura aritmética y entonces resulta que

1 + 1 = 3

Si, en cambio, quienes trabajan en equipo confrontan en lugar de cooperar, restarán en lugar de sumar. Un gran equipo de fútbol en que los cracks juegan solos en la cancha, cada uno a su aire y sin tener en cuenta a los demás, no ganará ni contra el cuadro de la Corte de los Milagros: les pasa seguido a unos clubes que yo conozco. Por eso, en un esquema de confrontación pasa que

1 + 1 = 1

Los países, como los equipos de fútbol, las redacciones de los periódicos y las orquestas, son el resultado de la ecuación propia de la inteligencia colectiva, la de la cooperación o la confrontación. Los intérpretes son virtuosos capaces de conseguir una sinfonía que supere la suma del aporte de todos, siempre que se adapten a la batuta de un buen director. Pues la Argentina es al revés: un grupo de músicos excelentes, pero cada uno toca por su cuenta lo que se le da la gana. Así, aunque los países tengan ciudadanos inteligentes, si les falla la inteligencia colectiva están perdidos.

No se explica de otro modo por qué la Argentina perdió una red ferroviaria estupenda: una inversión de cien años se malogró en dos meses por la decisión estúpida de un iluminado al que todo el mundo aplaudía. Las obras públicas aquí se construyen como en todo el mundo, con bastante corrupción y mucho dinero, pero el problema principal es que una vez hechas se convierten en un accidente geográfico: nadie las mantiene y se van pudriendo como el mapa del cuento de Borges, hasta que alguien las emparcha con arreglos baratos y quedan peor que antes. No me lo van a creer, pero en nuestras carreteras usamos la señal de la izquierda para dar paso y también para girar hacia ese lado: es imposible saber cuál de los dos mensajes está dando el de adelante y si te la pegas, es problema tuyo. Hay cientos de casos que lo prueban, pero no sigo para que no me acusen de autoflagelación.

Para colmo resulta que doña Cristina, nuestra presidenta, acaba de echarle la culpa de nuestra pobreza a la “desapropiación” histórica de sus recursos. Fue la respuesta al pedido de realismo de José Manuel Durão Barroso, en Lima. Nada sutil su estilo para contestar que nosotros no tenemos la culpa, sino ustedes que nos robaron todo lo que teníamos y nos dejaron pelados. La desapropiación nos reventó tanto que no hemos logrado nada ni en los 200 años que llevamos intentando levantarnos. Barroso debía haberle pedido realismo, pero mágico.

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