viernes 23 de mayo del 2008 Columnistas

Poder estatal total

Medio en broma y medio en serio, el antropólogo norteamericano Clifford Geertz ha clasificado los estados en cuatro tipos: pluralista, en el que la gente ve al Estado como portador de una legitimidad moral; populista, cuando el gobierno es entendido como la expresión de la voluntad popular; la gran bestia, si la razón del gobernante depende del empleo de la fuerza para mantener asustado al populacho; y el gran fraude, en el cual la élite utiliza cortinas de humo y baratijas para convencer a la población. Si meditamos sobre esta tipología, cada Estado es una mezcla de estos elementos. Y no hay duda de que el Estado ecuatoriano contemporáneo se ha sostenido por legítimos triunfos en las urnas; pero tampoco debe olvidarse que el aparato que hoy se busca cambiar ha empleado la violencia física y nos ha mentido sin rubor.

¿Qué tipo de Estado está forjándose en Carondelet y en Montecristi? ¿Pueden las mejores intenciones del Ejecutivo y la Asamblea Constituyente dar al fin con la estructura que viabilice el progreso de las mayorías conjuntamente con la paz social? ¿No ha sido una constante queja del presidente Rafael Correa y los funcionarios de gobierno que la burocracia estatal impide la agilidad que el país requiere para avanzar? ¿Es natural que haya una especie de Estado dentro del Estado que sea obstáculo para que las grandes decisiones no se pongan en marcha? Estas preguntas llaman la atención al hecho de que –aun con planes, programas y mandatos depurados– la naturaleza de la socialidad obliga a mantener una estructura estatal que termina adquiriendo su propia dinámica teñida en la perversa lógica del poder.

Un gobierno que insiste en autocalificarse de revolucionario debe tomar conciencia de la imposibilidad real de dar con una estructura perfecta (pretender esto sería nada más que mesianismo del siglo XXI), especialmente porque las modificaciones solo serán reformas al andarivel que ha colocado la partidocracia y por el cual camina el país. Las revoluciones de los siglos XVIII, XIX y XX destruyeron ese andarivel y descarrilaron el sistema, pero aún no se aclara cómo es la locomotora del siglo XXI. Bien nos haría enterarnos no solo del optimismo necesario para los días futuros, sino de los puntos en donde como país no salimos del fracaso y la frustración. Por eso se dice que nada es tan revolucionario como la verdad, aunque cueste pronunciarla y asumirla.

El novelista Imre Kertész ha declarado: “El Estado es solamente un poder que guarda en su seno posibilidades secretas y terribles que, a veces más, a veces menos, se disimulan o se moderan, un poder que en raras ocasiones y por breve tiempo puede desempeñar incluso un papel saludable, pero que, ante todo y sobre todo, sigue siendo un poder al que hemos de enfrentarnos, que –cuando el sistema político lo permite– hemos de civilizar, controlar, tener a raya e impedirle en todo momento que sea lo que debe ser por su naturaleza: puro poder, poder estatal, poder estatal total”. El Premio Nobel de Literatura dijo esto porque de niño fue encerrado en Auschwitz, pero también porque vivió bajo el Estado socialista húngaro. Entonces debemos enfrentar a cualquier poder estatal total sin importar la etiqueta ideológica con que nos encandile.
Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.