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María Helena Barrera-Agarwal | Nuestra invitada
Las raíces de los símbolos
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La asambleísta Tania Hermida acaba de proponer el cambio de los símbolos patrios de la República del Ecuador. Según la señora Hermida y sus asesores, el Escudo “está plagado de elementos (al menos siete) que representan a culturas e imperios europeos.” De entre ellos se cuestiona, por ejemplo, la presencia del lío de haces consulares, al que se reprocha sus orígenes romanos.

¿Cómo considerar una iniciativa y unos argumentos aquejados de tan obvio desacierto? Es mejor utilizar la ocasión para recordar las razones por las que los símbolos patrios contienen tantas y tan acendradas alusiones a la cultura clásica. El empleo de esa simbología no es en modo alguno accidental, sino que refleja una voluntad precisa. Para comprender mejor la sustancia de esta afirmación, basta recordar un episodio de la vida de Simón Bolívar: el juramento del Monte Sacro.

Como se recordará, en 1805 Bolívar visitó Roma en compañía de Simón Rodríguez.  Cerca de culminar su periplo por la ciudad eterna, el futuro Libertador experimentaría un momento excepcional. En una carta a su maestro, escrita años más tarde, rememoraría lo acontecido con palabras plenas de emoción: “¿Se acuerda Vd. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria?”

¿Por qué, a ojos del caraqueño, ese espacio europeo era una “tierra santa”? La respuesta es simple: al ascender el Monte Sacro, Bolívar no se veía como un extranjero en ignoto suelo, sino como el depositario de una tradición de libertad que había fructificado, milenios antes, cerca del Tíber eterno. No llegaba a Roma como un ignaro turista, sino como el poseedor de un superbo bagaje intelectual y emocional, extraído de su profundo estudio de los clásicos.

En su libro La Biblioteca del Libertador, Manuel Pérez Villa anota cómo los Comentarios, de César, y los Anales de Tácito, eran la lectura favorita de Bolívar. En una carta enviada a Santander, el mismo Libertador no duda en mencionar su dominio de “los clásicos de la antigüedad, sean los filósofos, historiadores, oradores o los poetas.” Bolívar no estaba solo en su admiración de ese acervo: Andrés Bello, otro de sus maestros, aprendió por sí solo el griego y el latín para mejor empaparse de sus enseñanzas. A Manuela Sáenz, ávida lectora, le eran predilectos Tácito y Plutarco.

De ese clasicismo, recuperado y resaltado por la Ilustración,  se cosecharon innúmeros ideales que darían sustento al esfuerzo de la liberación de Sudamérica. No es extraño entonces que los símbolos a él adscritos hubiesen encontrado un lugar de honor en los emblemas escogidos para encarnar su triunfo. El lío de haces consulares, de origen etrusco, por ejemplo, fue el símbolo central del primer y único escudo de la Gran Colombia.

Ni a Bolívar, ni a Bello, ni a Manuela, los clásicos y sus símbolos, doblemente milenarios, les parecían caducos. Por el contrario, no dudaban en nutrirse de sus valores universales e intemporales. Subsiguientes generaciones siguieron ese ejemplo, incluyendo aquella de Eloy Alfaro, bajo cuya presidencia se adoptó nuestro Escudo patrio.
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