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| Nicholas D. Kristof | |
Opinión Internacional | |
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¿Podemos ser tan listos como los murciélagos? |
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SELVA AMAZÓNICA, Ecuador El Amazonas es impresionante para ponernos a nosotros, los seres humanos, en nuestro lugar, hasta que llegas a un claro talado y el hechizo se rompe, y te das cuenta de que después de todo, quizá no seamos tan insignificantes.
Los murciélagos vampiros están notablemente bien adaptados al bosque tropical. Salen por la noche y usan sensores de calor para encontrar una cabra, un niño u otro mamífero, del cual se alimentan solamente después de haber determinado, a partir de su respiración, que está verdaderamente dormido.
Si la presa es un animal peludo, los murciélagos vampiro usan dientes especiales para afeitar la piel. Después, usan sus incisivos para cortar la piel casi indoloramente, mientras la saliva impide la coagulación, y ellos lamen la sangre.
Así que la pregunta es, ¿podemos nosotros, los seres humanos, adaptarnos de una manera tan efectiva al bosque tropical como lo han hecho los murciélagos?
Todo parece indicar que no. En lugar de vivir en armonía con el bosque tropical –o solamente de manera parasitaria como, digamos, un murciélago vampiro–, nosotros estamos destruyendo la selva en formas que contribuyen enormemente al calentamiento mundial.
En algún lugar del mundo, nosotros, los humanos, talamos un área selvática del tamaño de un campo de fútbol cada segundo de cada día, al tiempo que la deforestación actual contribuye en la misma medida al calentamiento mundial que todo el carbono emitido por Estados Unidos. Con base en un cálculo, cuatro años de deforestación tienen el mismo impacto en carbono que todos los vuelos en la historia de la aviación hasta el año 2025.
Ese es el desafío que Douglas McMeekin y Juan Kunchikuy están intentando resolver. Como noté al comienzo de la historia (en la columna publicada el 2 de mayo), ellos integran un inusual par: McMeekin es un empresario estadounidense de 65 años de edad, quien llegó a Ecuador después de haber quedado en la bancarrota en Kentucky, en tanto Kunchikuy es un naturalista de 30 años, así como guía de una tribu indígena que creció en el bosque tropical con su cerbatana, sin nunca usar calzado o ver la electricidad sino hasta que tenía 17 años de edad.
Ellos han sumado fuerzas a fin de proteger el bosque tropical mediante trabajo con sus habitantes locales, intentando crear incentivos para que ellos dejen los árboles de pie, al mismo tiempo que elevan los niveles de vida locales. Las calcomanías del tipo “Salven el bosque tropical” no sostienen a familias locales, las que perciben ingresos de tan solo 300 dólares anuales, aproximadamente, y ven los árboles como una forma de impulsar sus ingresos.
“La gente tiene que ganarse la vida”, dijo McMeekin. “Sin embargo, pueden talar 20 hectáreas de bosque para hacer un pastizal o pueden percibir los mismos ingresos talando dos hectáreas y plantando cacao”.
Así que su organización, la Fundación Yachana, está distribuyendo plantas de semillero de cacao de alta calidad a fin de impulsar a los agricultores para que administren pequeños lotes que dejen intacta la mayor parte de la selva. Yachana también opera una fábrica que compra el cacao y lo convierte en chocolate, el cual vende bajo pedido y envía por correo.
Yachana también promueve la planificación familiar –la reducción de presiones poblacionales que conducen a la deforestación– y dirige un nuevo bachillerato particular enfocado en la educación de jóvenes provenientes de todo el Amazonas ecuatoriano. Los 120 estudiantes en esta escuela reciben una educación soberbia, al tiempo que voluntarios estadounidenses les enseñan inglés; la primera generación se graduará en julio.
Uno de los objetivos radica en crear un núcleo de líderes indígenas que puedan representar opiniones locales en el ámbito internacional y también que sirvan como agentes del cambio dentro de la región. Kunchikuy, quien habla inglés con fluidez y sirve en el consejo de la Fundación Yachana, es uno de los prototipos. Después de todo, no hay muchos integrantes del consejo que se sientan tan a sus anchas con un micrófono como con una cerbatana... ni con cicatrices de murciélagos vampiros en la nariz.
La escuela citada se centra en las habilidades prácticas, como en los injertos de cacao o jóvenes árboles frutales, o en cómo operar estanques de peces. La idea consiste en ganar ingresos considerables sin talar grandes áreas.
Muchos de los estudiantes trabajan medio tiempo en la eco-posada de la fundación en las inmediaciones, Yachana, que tiene 18 habitaciones que dan servicio a turistas estadounidenses y genera una parte del dinero en efectivo para cubrir los gastos de la escuela.
A medida que camino por las sendas selváticas de esta localidad, con una serenata de pájaros y monos arriba de mí, o el chapoteo de las tortugas en el río, me maravillo ante esta tierra. El Amazonas es impresionante para ponernos a nosotros, los seres humanos, en nuestro lugar, hasta que llegas a un claro talado y el hechizo se rompe, y te das cuenta de que después de todo, quizá no seamos tan insignificantes.
Uno de los enfoques con miras a salvar los bosques tropicales gira en torno a pagarles a los países pobres para que los conserven. La investigación deja entrever que al pagarles 27,25 dólares a países tropicales por cada tonelada de carbono que dejen de emitir mediante la destrucción de bosques, el mundo podría evitarse 85 dólares en daños por cada tonelada a partir del carbono.
Sin embargo, esto no puede ser meramente transacciones con gobiernos; con demasiada frecuencia, perdemos de vista a los habitantes de los bosques. Una vez, en una remota zona de la República Centroafricana, encontré equipos de voluntarios occidentales dedicados a la preservación de gorilas; pero no había voluntarios ayudándoles a los pigmeos de la localidad, quienes morían de malaria.
Con Yachana, esta sociedad entre un empresario estadounidense en la bancarrota y un cazador amazónico, ahora tenemos un modelo de cómo ayudarle al bosque al ayudar a la gente que vive en su interior. La conservación del bosque tropical debería ser una de las prioridades, si tenemos el cerebro de un murciélago.
The New York Times News Service |
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| María Helena Barrera-Agarwal |
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