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| Eugenia Avilés |
Antes de una larga estadía en España, Eugenia Avilés Pino era una veinteañera en pleno año 68, aunque dice que le hubiera gustado ser de una generación posterior. Y no porque le afecte la edad sino porque le tocó vivir una época estricta en la que debía hacer de chaperona de sus amigas porque no se podía salir sola con el enamorado o limitarse al matrimonio luego de terminar el colegio.
“Decir ir a la universidad era casi decir ser terrorista”, recuerda ella. Los padres lo habían prohibido para la mujer. Se pensaba que en la universidad le iban a faltar el respeto o la iban a pellizcar. “A mí no había dónde pincharme, yo era flaquita, aunque para mi mamá era la divina pomada”.
Dice que solo dos amigas de su grupo desafiaron a sus padres y se fueron a estudiar. Otras lo intentaron, pero las terminaron sacando.
“La mujer pasaba de salir de su casa donde tenía la mesa puesta a llegar a poner la mesa en otra casa, pasaba de la tutela de sus padres a la de sus maridos”.
Aunque el efecto no fue inmediato, mayo del 68 tuvo su influencia en la apertura hacia la mujer. Eugenia señala que el día de las protestas en Francia, en Guayaquil los estudiantes se tomaron la Casona y luego protestaron por la prueba de admisión a las universidades.
La noticia se volvió tema de conversación entre sus contemporáneos, aunque siempre recurrían a sus dos amigas universitarias para que les dieran más detalles de lo que pasaba. La percepción general era de respaldo a los jóvenes franceses en nombre del progreso de una generación.
“Pero no hubo influencia política. De hippies sí, vestíamos los pantalones acampanados que no hacían nada por la figura femenina y cadenas que ahora hubieran sido considerados para sadomasoquismo”, cuenta entre risas. ¿Se notó un cambio? Enseguida no, asegura ella, aunque las reglas casa adentro tuvieron que cambiar por la exigencia de los chicos. Las chicas se rebelaron y empezaron a mentir para salir sin chaperón o por más tiempo. A los padres les tocó soltar un poco y ampliar los horarios.
Eso, sin embargo, no alteró ciertas normas impuestas casa afuera como no sentarse en la última fila de la sala de cine porque “era la zona de los destrampes”.
Ahora, a sus 63 años, insiste en que “fue una época de transición tonta la que a mí me tocó pasar. ¿Por qué no me tocó un poco después?”.
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