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¿Quiénes somos? |
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Podría ayudar la introspección: “ejercicio de cuchillos en contra de uno mismo”, “repetido anhelo para recordar lo que nunca sucedió”, “sendero jamás apreciado en fotos ni por memoria alguna”. Acabo de citar hermosas definiciones plasmadas por Fernando Balseca. No somos tan inteligentes como lo creemos, tampoco tan ignorantes como piensan los demás. Complejos, confusos, lo que nos permite ser sublimes pendejos, tenemos como sueño tangible el breve espacio entre el nacer y el morir, siendo lo demás relleno apurado, de pronto noble, valioso, súbitamente ingenuo o ridículo. Hacemos el inventario de nuestras “fanfarronadas”, vivimos en voz alta, terminamos con maletas amoladas en un aeropuerto imaginario, agarramos el último vuelo hacia lo desconocido.
Nuestra existencia siendo ilusión, anhelamos descubrir más allá de la muerte la quinta dimensión. Quienes idean otra vida después de esta tienen suerte. Es fácil creer en la eternidad de la especie, no existe razón para pensar en su total extinción. Aparecería otro Noé de repuesto. Los creyentes imaginan que el hecho de no alcanzar a Dios es lamentable cuando nos sale mucho más arduo crear propios valores.
El amor al prójimo, el deseo de justicia social, la entrega a una causa humanística no tienen que ver con preceptos religiosos. Para el agnóstico, el budista, no existe paraíso, tampoco infierno alguno, se sigue la exigencia interior. Es el imperativo categórico del filósofo Emmanuel Kant: hazlo porque sí. Es buscar la iluminación, disfrutar lo insignificante, abandonar la voracidad consumista.
Mientras tanto inventamos el tiempo, llevamos relojes, tenemos citas, hacemos negocio, deshacemos el amor, somos frágiles, podemos descacharrarnos en un accidente cualquiera. Cuando me monto en un avión, tengo la impresión de ser indefenso mientras puedo lanzar mi auto a doscientos veinte kilómetros por hora sintiéndome dueño de mi destino. Nuestras locuras son mecanismos de defensa si nos gusta asumirnos, tantear el peligro, mirar el mundo desde el filo del abismo. La rutina es peligro que azora, trampa que aturde. ¿Quiénes somos al rogar a Dios que tenga piedad de nosotros? Nunca hubiera podido decirle a mi padre que se apiadase de mí. Solo anhelaba que me diera afecto. Somos lo que amamos, creamos, inventamos, soñamos, luego engrosamos la fila de quienes fueron olvidados.
Podemos desentrampar la realidad, abrir las compuertas de lo insólito, convertir nuestra vida en paréntesis de alegría, esperanza, pena, dolor, rebeldía, solidaridad, llegar a ser lo que realmente somos, quitarnos la máscara asumiendo limitación, basura escondida, practicando la empatía, poniéndonos en la piel de los demás, sintiéndonos útiles, dejando, como lo dice Malraux, “nuestra cicatriz en el mapa”. El primer deber es sonreír, abrir nuestro rostro para que los demás puedan acercarse, averiguar con mayor soltura quiénes somos, dejar de juzgar. El segundo mandamiento sería repartir amor hasta lo indecible, llegar a dominar la cualidad mayor del ser humano de cualquier condición social: la gentileza. “Aprendí a considerar hermosa a toda prueba la teja de una casa”. La felicidad siempre está rondando en el vecindario. Parte de la sabiduría se halla en libros que escriben los demás. |
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| Piedad Villavicencio Bellolio |
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La Compañía de Teatro y Danza Eptea presentará en el colegio Steiner Internacional el musical ‘Agua Lula al rescate del planeta’. Esta obra que habla sobre el desgaste de la naturaleza será a las 08:30. |
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