Nuestro país es famoso mundialmente por los sombreros de paja toquilla. Antes se creía que eran de Panamá porque los compraban intermediarios de ese país que los comercializaban en el mercado internacional.
La aristocracia no solo corona su testa de oro y piedras preciosas. Al igual que personajes del mundo político, económico, etcétera, han coronado sus cabezas con los sombreros más finos de paja. Tejidos a mano por artesanos ecuatorianos. Algunas de esas prendas han salido del tradicional almacén Sombreros Barberán, ubicado en Primero de Mayo 114 y Quito.
Los tejidos de paja toquilla son conocidos desde la conquista española. Cuando los nativos de Jipijapa y Montecristi tejían “tocas”, lienzos ligeros que las mujeres colocaban en sus cabezas para protegerse del sol.
Utilizaban carludovica palmata, fibra vegetal de las hojas de palma. En los primeros años de la independencia, la principal ocupación de Montecristi fue la elaboración de sombreros de paja toquilla.
Pero su fama se acrecentó el 16 de noviembre de 1906 cuando el presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, visitó la construcción del Canal de Panamá y fue fotografiado con un sombrero ecuatoriano de paja. La imagen dio la vuelta al mundo y la prenda, erróneamente, se convirtió en “el sombrero de Panamá”.
Cuando uno ingresa a Sombreros Barberán, al instante está rodeado por cientos de sombreros de diversos modelos, calidad y precios. Todos de paja y tejidos a mano.
Su actual gerente, Jouberth Barberán Vélez, de 68 años, cuenta que el negocio lo fundó en Montecristi, su abuelo Carlos Elías Barberán Pinargote, en las primeras décadas del siglo anterior. Hacia 1940, su padre Carlos Barberán Loor –fallecido el año anterior–, instaló su almacén en Malecón y Aguirre donde eran visitados por tripulantes y turistas que llegaban al país en barcos.
Años después se trasladaron al actual local, donde antes funcionaba el taller de hormar y prensar. Siempre los sombreros han sido tejidos en Montecristi, acá llegan –crudos– y les dan los últimos retoques.
El almacén ofrece sombreros desde 15 dólares. Pero la calidad Montecristi se inicia con sombreros de $ 50 hasta el exclusivo súper fino que cuesta $ 1.000. Este es tejido solo por la noche porque la luz del sol quiebra los hilos tiernos y finos de paja. Esa tarea toma entre ocho meses y un año. “Ese súper fino Montecristi es una maravilla –afirma–, hace 20 años en las tiendas exclusivas de Nueva York, vi que lo vendían a $ 4.000 y $ 5.000”.
De las vitrinas guayaquileñas de Sombreros Barberán han salido finos Montecristi para clientes ilustres. “El último que vendimos fue obsequiado al presidente venezolano Hugo Chávez en su más reciente visita”, dice.
Sus recuerdos se desatan. Barberán no olvida que cuando fue vicepresidente Jorge Zavala Baquerizo hizo una gira internacional y obsequió sus sombreros finos Montecristi a diversos líderes del mundo.
También durante la presidencia de Jaime Roldós, cuando nos visitó el Rey de España, le obsequiaron cinco sombreros finísimos. Y cuando Rodrigo Borja como presidente visitó Cuba, le dio uno a Fidel Castro que agradeció aceptando que “siempre había soñado con un jipi” –abreviación cubana de sombrero jipijapa–.
El mayor orgullo de Jouberth es cuando él atendió en el hotel Atahualpa al presidente chileno Salvador Allende. “Fui a tomarle la medida de la horma, cuando le dije: mañana se lo traigo. Me lo pidió y lo firmó para que no le vaya a cambiar su sombrero súper fino”. El chileno era desconfiado, pero al día siguiente cuando se lo entregó a la justa medida y con la cinta negra rodeando la copa, quedó maravillado.
La época dorada del sombrero fue la década del cincuenta. Vendían de 300 a 500 sombreros semanales en 15 y 20 sucres. “Era cuando la gente usaba sombrero, eso fue hasta 1965”, recuerda.
También hay sombreros finos para damas, los precios van de 100 a 300 dólares, son calados –ventilados–, y las cintas, de colores vistosos.
Actualmente vende sombreros de $ 100 a $ 200 a Estados Unidos para el verano. El público local compra sombreros de $ 40 a $ 150, pero lo adquieren para sus familiares y amigos que están en España e Italia.
“La migración nos ha puesto en ventaja”, manifiesta.