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| Dios y yo |
En lugar de oro, Cielo |
Mayo 18, 2008
P. Luis Martínez de Velasco | El domingo pasado, con la celebración de la Pentecostés, concluyeron los cincuenta días de la Pascua. Y al retomar el tiempo que llamamos ordinario, la liturgia nos presenta, para que nos pasmemos y lo agradezcamos, el misterio más profundo de la fe cristiana: le existencia en Dios de tres personas.
Una antigua profesión de fe –el llamado Símbolo Atanasiano– recurría al martilleo para evitar cualquier todo posible error. Y decía: “Una es la persona del Padre, otra la del Hijo, y otra, la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad (…). Cual el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo (…). Pero no son tres eternos, sino un solo eterno. Ni tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso”.
Pudiera parecer que la revelación de este misterio, al no poder ser aprehendido por nuestra razón, tuviera poca importancia. Mas no es así. El misterio de Dios uno y trino es el fundamento de todas las verdades que nos salvan. Sin él, el edificio de la fe cristiana no puede sostenerse.
Pero, además, la luz de este misterio, aunque mirándola en directo nos deslumbre, ilumina el fin de nuestra vida en este mundo y en el otro. Todo lo que usted y yo debemos procurar mientras nos lata el corazón, es dar a Dios la gloria que le corresponde. Esto es, decir y repetir, con hechos o palabras, “gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo”. Y si el Señor (como lo espero firmemente) nos acogiera en su morada celestial, lo que usted y yo diremos y repetiremos, por los siglos de los siglos, no será otra cosa.
Mas no piense que esta reiterada glorificación de Dios, habida cuenta de que aquí en la Tierra nos cansamos, será un aburrimiento. Nada de eso pasará: ni en el Cielo ni en la Tierra.
En el Cielo, porque nunca acabaremos de saborear la novedad de lo perfecto y lo infinito. Y en la Tierra, porque al empeñarnos en glorificar a Dios mediante lo ordinario, nuestro quehacer humano se transformará en divino.
Nos pasará lo que nos cuenta la mitología que pasó al Rey Midas: que todo cuanto el Rey tocaba se convertía en oro. Solo que en el caso nuestro, será más asombrosa la transformación: habrá, en lugar de oro, Cielo.
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