Los árabes israelíes siguen siendo forasteros en su país
Al tiempo que Israel celebra su 60 aniversario este mes regocijándose en el renacimiento nacional judío y en los valores democráticos, los árabes que componen el 20% de su población no se suman a las celebraciones.
Aunque gozan de mayor prosperidad, están más integrados que en cualquier otra época de su historia y tienen más libertad que la inmensa mayoría del resto de los árabes, los 1,3 millones de ciudadanos árabes de Israel siguen siendo muchísimo menos ricos que los judíos israelíes y cada vez se sienten más rechazados.
Para la mayoría de israelíes, la identidad judía es crucial para la nación, la razón por la que están orgullosos de vivir allí, así como el lazo que sienten con la historia.
Pero los árabes israelíes, incluidos los que mejor se han integrado, afirman que hay que encontrar una nueva identidad para la supervivencia del país a largo plazo. Para ellos, el nacimiento de Israel sigue representando la nakba, o catástrofe.
“No soy judío”, afirma Eman Kassem-Sliman, periodista de una emisora árabe en un hebreo impecable y cuyos hijos van a un colegio eminentemente judío en Jerusalén. “¿Cómo voy a poder formar parte de un Estado judío? Si definen esto como un Estado judío, están negando que esté yo aquí”.
La izquierda y la derecha consideran cada vez más a los árabes israelíes como uno de los retos clave para el futuro de Israel, uno que está irremediablemente unido a la búsqueda de un acuerdo general entre árabes y judíos.
Los judíos temen en última instancia perder la batalla demográfica a manos de los árabes, tanto en Israel como en el territorio más amplio que el país controla.
La mayoría afirma que el fin de la identidad judía de la nación implicaría el fin de Israel. Pero temen que si no logran infundir a los ciudadanos árabes un sentimiento de pertenencia correrán peligro, ya que los árabes fomentan la idea de que, con o sin 60 años, Israel es un fenómeno pasajero. “Quiero convencer al pueblo judío de que tener un Estado judío es malo para ellos”, explica Abir Kopty, defensor de los árabes israelíes.
Por todo Israel —y sobre todo en el norte— se encuentran vestigios de docenas de aldeas palestinas parcialmente vacías, cicatrices de un paisaje marcado por el conflicto que dio a luz al país en 1948.
Pese a ello, algunos habitantes originarios y sus descendientes, tociudadanos árabes israelíes, viven en pueblos y pequeñas ciudades atestadas de gente, por lo general cerca de las antiguos aldeas, y se les prohíbe repoblarlas mientras que a las comunidades judías que las rodean les instan a que se expandan.
Hace poco, Jamal Abdulhadi Mahameed condujo el auto hasta pasar unos campos de trigo y sandías de un kibbutz, se metió por una carretera de tierra rodeada de pinos y cactus, y vio los restos destartalados de unas escaleras, explicando: “Ésta era mi casa. Aquí nací”.
Afirma que lo que más desea en este momento, con 69 años, es dejar el pueblo cercano lleno de gente, venirse a esta parcela de tierra sin cultivar con los arbustos de granadas plantados por su padre y trabajarla, al igual que habían hecho las generaciones anteriores a él. Ha ido a juicio para conseguirla.
“Se nos prohíbe utilizar nuestra propia tierra”, explica. “Quieren ponerla a disposición de los judíos. Mi hija no hace distinciones entre los pacientes judíos y los árabes. ¿Por qué tiene que tratarme el Estado de forma distinta?”.
La respuesta está relacionada con el sionismo, movimiento del renacimiento judío y del control de la tierra en la que floreció la identidad judía hace más de 2,000 años.
“Las tierras significan presencia”, señala Clinton Baley, erudito israelí que se ha centrado en la cultura beduina. “Si quieres tener presencia en este país, tienes que tener tierras. El país no es tan grande.
Lo que se cede a los árabes ya no lo pueden usar los judíos que puede que todavía quieran venir”.
Este antagonismo es de doble sentido: la mayoría de los árabes israelíes expresan su solidaridad con sus hermanos palestinos que sufren la ocupación y algunos parlamentarios árabes acusan con frecuencia a Israel de nazismo.
Entretanto, varios rabinos de derechas han prohibido a los judíos que alquilen apartamentos a árabes o que les den trabajo.
Y la mayoría de los judíos, según las encuestas, están a favor de expulsar a los árabes de Israel como parte de una solución de dos Estados, una opinión que hace una década se consideraba extrema.
Los árabes del país rechazan esta idea en parte porque prefieren la seguridad de una democracia israelí imperfecta a cualquier sistema que se pueda convertir en un Estado palestino inestable. En esto consiste en parte la paradoja de los árabes israelíes. Su enfado ha aumentado, pero también su sentido de la pertenencia.
De hecho, hay un grado real de coexistencia entre árabes y judíos en muchos lugares y el Gobierno se comprometió hace poco a mejorar el acceso de los árabes a la educación, a las infraestructuras y a los empleos gubernamentales.
“Sabemos que necesitan más tierras, que sus hijos necesitan un lugar en el que vivir”, decía Raanan Dinur, director general de la oficina del primer ministro. “Estamos contemplando la idea de construir una nueva ciudad árabe en el norte.
Nuestro objetivo principal es tomar lo que hoy son dos economías e integrarlas en una”. Aun así, a la gente le preocupa que se les esté acabando el tiempo. Mahameed y sus vecinos se presentarán en julio ante el Tribunal Supremo con el objetivo de obtener 20 hectáreas de la tierra que antes pertenecía a sus familias y que no está cultivada, a excepción de unos pinos plantados por el Fondo Nacional Judío.
Abdulwahab Darawshe, ex parlamentario de Israel y jefe actual del Partido Democrático Árabe, aseguraba que “independientemente de lo que suceda, no volveremos a irnos de aquí. Ése fue un grave error en 1948. No obstante, nuestra identidad se está volviendo cada vez más palestina. No nos pueden cortar del árbol árabe”.