sábado 17 de mayo del 2008 Columnistas

Los ‘excesos’ de Fernando Vallejo

Con motivo de la proyección del documental La desazón suprema. Un retrato incesante de Fernando Vallejo, del cineasta colombiano Luis Ospina, que pudimos apreciar en el MAAC Cine esta semana, vale la pena plantearse la trascendencia de una de las voces literarias más agresivas del momento. El escritor que el año pasado renunció a su nacionalidad de origen para adquirir la que le brindaba México, su país de acogida, ha puesto en jaque, a lo largo de dos décadas y más, a varios de los grandes conceptos de Occidente.

La patria, la familia, la Iglesia Católica, el valor de la vida, son replanteados desde una criticidad acerba, vitriólica, que sacude las conciencias y en muchos casos, escandaliza. ¿Qué busca el escritor con sus historias descarnadas, acusando a su país desde la primera línea, mostrando la entraña de una sociedad corrupta y violenta?
¿Acaso él mismo no neutraliza su grito con la desmesura y la destemplanza al punto de perder auditorio en lugar de ganarlo? Si nos dejamos llevar por los meros signos externos –el lleno completo de una sala de cine con gente atraída por el nombre del autor– podríamos pensar que sí se ha ganado un buen público en nuestra ciudad, dispuesto a conocer de sus proclamas (en la suposición de que también han leído alguno o varios de sus libros).

Lo cierto es que Vallejo interesa o exaspera. Pero no puede pasar inadvertido. Dueño de una de las ficciones más desnudamente autobiográficas, emerge de la Medellín ensangrentada para hacerla el escenario de su más conocida novela  La virgen de los sicarios,  pasa por Roma –retratada en alguna de sus novelas relativas a su juventud– y vuelve insistentemente al ambiente colombiano  para denostar contra el país y proclamarlo tierra de delincuentes, narcotraficantes y políticos detestables. El desbarrancadero, novela con la que obtuviera el Premio Rómulo Gallegos  en 2003, se va  contra todo, hasta contra sí mismo, pero en medio de la caída y la desesperación, también hay espacio para el amor a un hermano agonizando por sida.

Yo aprecio al Vallejo gramático y al Vallejo biógrafo por encima del cultivador de narrativa. Sus libros Logoi, gramática del lenguaje literario y las biografías de los poetas tan colombianos como él, Porfirio Barba Jacob y José Asunción Silva, son piezas de notable erudición la primera, de gran originalidad las otras dos. Con la primera estudio, con las biografías comprendo mejor la dimensión abisal y caótica de quienes encuentran en los cauces de la lírica su vía de realización. En estos dos libros el biografismo se convierte en un género literario tan creativo como el de la novela, tan exigente de verdad como el informe histórico o científico.

Un lector no avezado en el lado oscuro de la literatura –en los exabruptos de un Bukoski o en los gritos de un Ginsberg (por decir solo dos nombres)– podría sentirse golpeado por un autor que arremete las instituciones que buena parte defiende como ordenadoras de la sociedad. Un cierto regusto exhibicionista parecería emerger de quien, sin vacilación, se confiesa deseoso de morir y ha llegado a los sesenta y seis años, con buen nivel de fama y reconocimiento. Pero que representa un faro de iluminación crítica y un ejemplo vivo de la libertad de expresión en esta compleja América Latina, es cosa imposible de negar.
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