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Si todos los estadounidenses pudiesen comparar hoy la lujosa estación central del ferrocarril en Berlín con la Estación Penn, mugrosa y decrépita, en la ciudad de Nueva York, jurarían que fuimos nosotros los que perdimos la Segunda Guerra Mundial.
Al recorrer el país estos últimos cinco meses mientras escribía un libro, tuve mi propia oportunidad de tomar el pulso, lejos de las multitudes de las campañas electorales. Mi propia encuesta de opinión, para nada científica, me dejó una sensación de que si existe un hambre abrumadora en nuestro país hoy en día es esta: la gente quiere construir un país. Realmente lo quiere hacer. Sin embargo, quiere construir un país en Estados Unidos.
No solo está cansada de construir un país en Iraq y Afganistán, con muy poco que lo demuestre. Siente algo más profundo: que simplemente ya no somos tan fuertes. Para apuntalar nuestros bancos, le estamos pidiendo prestado dinero a ciudades Estado que se llaman Dubái y Singapur. Nuestros generales nos dicen con regularidad que Irán está socavando nuestros esfuerzos en Iraq, pero no hacen nada al respecto porque no tenemos poder; mientras, nuestras fuerzas están clavadas en Bagdad y nuestra economía, en el petróleo del Medio Oriente.
La iniciativa energética más reciente de nuestro Presidente fue ir a Arabia Saudita y rogarle al rey Abdullah que nos dé algún respiro en los precios de la gasolina. Supongo que había cierta justicia en ello.
Cuando usted, el Presidente, después del 11 de septiembre, le dice al país que salga a comprar en lugar de dejar de hacerlo para romper con nuestra adicción al petróleo, termina en que usted, el Presidente, va de compras por el mundo buscando gasolina con descuento.
No somos tan poderosos como solíamos ser porque en las últimas tres décadas los valores asiáticos de la generación de nuestros padres –trabajar duro, estudiar, ahorrar, invertir, vivir con los propios medios– han dado paso a los valores hipotecarios de riesgo: “Usted puede tener el sueño estadounidense –una casa– sin enganche y sin pagar durante dos años”.
Esta es la razón de que la defensa infame de Donald Rumsfeld en cuanto a porqué no envió más tropas a Iraq es el mantra de nuestros tiempos: “Se va a la guerra con el ejército que se tiene”. Hey, se marcha hacia el futuro con el país que se tiene, no con el que se necesita, no con el que se quiere, no el mejor que se podría tener.
Hace unas cuantas semanas, mi esposa y yo volamos del aeropuerto Kennedy de Nueva York a Singapur. En la sala de espera del JFK, apenas si pudimos encontrar un lugar para sentarnos. Dieciocho horas después, aterrizamos en el aeropuerto ultramoderno de Singapur, con portales de internet gratuitos y zonas para que los niños jueguen por todas partes. Sentimos, como en otras ocasiones, como si acabáramos de volar desde los Picapiedra hasta los Supersónicos. Si todos los estadounidenses pudiesen comparar hoy la lujosa estación central del ferrocarril en Berlín con la Estación Penn, mugrosa y decrépita, en la Ciudad de Nueva York, jurarían que fuimos nosotros los que perdimos la Segunda Guerra Mundial.
¿Cómo es posible que suceda esto? Somos una potencia mayor. ¿Cómo es posible que pidamos dinero prestado a Singapur? Quizá sea porque Singapur está invirtiendo miles de millones de dólares, de sus propios ahorros, en infraestructura e investigación científica para atraer el mejor talento del mundo, incluido el estadounidense.
¿Y, nosotros?
La rectora de Harvard Drew Faust acaba de decir en una audiencia senatorial que los recortes gubernamentales a los fondos para investigación están dando como resultado “laboratorios más reducidos, despidos de gente con posdoctorados, moral resbaladiza y una ciencia más conservadora que se aleja de los grandes temas de la investigación”. Agregó: hoy “China, India, Singapur... han adoptado la investigación biomédica y sus objetivos nacionales son la integración de grupos biotecnológicos. De repente, quienes se forman en Estados Unidos tienen opciones significativas en otras partes”.
Se han escrito muchas tonterías sobre cómo Hillary Clinton está “fortaleciendo” a Barack Obama para que sea lo suficientemente firme para soportar los ataques republicanos. Lo siento, no necesitamos un Presidente que sea lo suficientemente resistente para soportar las mentiras de sus oponentes. Necesitamos un Presidente que sea lo suficientemente fuerte para decirle la verdad al pueblo estadounidense. Cualquiera de los candidatos puede responder el teléfono rojo a las tres de la mañana en la recámara de la Casa Blanca. Yo voy a votar por el que pueda hablarle francamente al pueblo estadounidense en la televisión –a las ocho de la noche– desde el Salón Este de la Casa Blanca.
¿Quién le dirá al pueblo: No somos quienes pensamos que somos; estamos viviendo con tiempo prestado y centavos prestados; aún tenemos todo el potencial para la grandeza, pero solo si regresamos a trabajar en nuestro país?
No sé si Barack Obama puede dirigir por ese camino, pero la idea de que el idealismo que ha inspirado en tantos jóvenes no importa, está totalmente equivocada. “Claro que la sola esperanza no es suficiente”, dice Tim Shriver, presidente de los Juegos Olímpicos Especiales, “pero no es algo trivial. No es trivial inspirar personas para que quieran levantarse y hacer algo con alguien más”.
En especial hoy en día, no es trivial porque millones de estadounidenses mueren por enlistarse –enlistarse para arreglar la educación, enlistarse para investigar la energía renovable, enlistarse para reparar nuestra infraestructura, enlistarse para ayudar a otros–. Solo hay que ver los muchachos que hacen fila para unirse a Enseñar a Estados Unidos. Quieren que nuestro país vuelva a importar. Quieren que se trate de construir riqueza y dignidad –grandes ganancias y grandes propósitos–. Cuando solo hacemos una de esas cosas, somos menos que la suma de nuestras partes. Cuando hacemos ambas, dijo Shriver, “nadie nos puede tocar”.
© The New York Times News Service. |