En la Asamblea Constituyente se debate ya sobre los alimentos transgénicos. Sería provechoso para el país que los asambleístas revisaran el libro de la doctora Elizabeth Benites Estupiñán (Instituto Nacional de Higiene, Guayaquil), titulado Alimentos antioxidantes:
fundamentos de una política sanitaria, bioética, social y nutricional. Este libro, que mereció uno de los más altos premios de España, trata en su primer capítulo sobre los alimentos transgénicos y algunos de los peligros que estos comportan para la salud, la producción agrícola y su economía.
Unos años atrás, la Unión Europea prohibió la importación de trigo, maíz y demás alimentos transgénicos. Grandes empresas transnacionales como Monsanto, Aventis o Du Pont, soslayaron la interdicción introduciendo en los países de la Unión Europea no los cereales transgénicos, sino productos de consumo humano y animal que contenían varios componentes transgénicos. En más de un sentido Europa se sintió burlada y, en julio del 2000, el Parlamento Europeo aprobó una ley que obliga a que todos los alimentos de consumo humano o animal lleven una etiqueta en la cual se indique, con total claridad, el contenido de transgénicos o derivados de estos, a fin de que agricultores, productores de alimentos y consumidores puedan evitar su uso o su consumo.
Es larga y desdichada la lista de perjuicios y daños que han ocasionado los transgénicos sobre los cultivos autóctonos de maíz, soya y otros, en países que ensayaron la novedosa variedad manipulada genéticamente. Añádase a ello el que no existen hasta hoy pruebas suficientes sobre su inocuidad para la especie humana.
Como los alimentos transgénicos se han utilizado muy restringidamente en la alimentación humana, no se ha obtenido información suficiente acerca de los trastornos que puedan ocasionar, pero tratándose –como es el caso– de vegetales genéticamente manipulados, resulta obvia la preocupación por evitar alteraciones en el contenido genético humano o que se descubran alteraciones cuando ya sea demasiado tarde.
Valga como ejemplo el del medicamento talidomida, que solo después de algunos años en que las embarazadas lo ingerían como analgésico, se descubrió que era el causante de penosas alteraciones en los cientos de infantes que nacieron con brazos diminutos o sin brazos y eso pese a que la talidomida no alteraba los genes de las embarazadas sino el desarrollo de los fetos.
El mercado de la Unión Europea estuvo invadido de muchos alimentos con componentes transgénicos (no declarados) pero respaldados por una gran promoción comercial. Su consumo actual ha bajado a un mínimo no tanto por la ley sino porque los consumidores conocen ya de los riesgos que correrían y por tanto rechazan tales alimentos.
Desde luego las transnacionales no se han dado por vencidas. Ejercen muy grande presión para que se modifique la ley y puedan entonces exportar sus semillas. Así la transnacional Monsanto, que ha acaparado el 80% del mercado de transgénicos y un alto porcentaje de insecticidas y otras semillas, sigue luchando por sus intereses comerciales.