lunes 12 de mayo del 2008 Columnistas

Afectos

En duro trance les puso el Presidente de la República a los asambleístas de su bancada en el maloliente caso del Superintendente de Compañías. Parecía que todo se había arreglado cuando el Tribunal Supremo Electoral, por orden superior o sin ella, actuó como el servicial gato que se encarga de sacar las castañas del fuego. De esa manera, sin mover un pelo el Gobierno se quitaba un peso de encima, el TSE mejoraba su imagen, la Asamblea nombraba rápidamente al sucesor escogido previamente por la autoridad máxima y nadie salía quemado.

Uno de los pocos temas que han amenazado la alta aprobación del Presidente podía ser resuelto en cuestión de minutos y sin que trascendiera a la opinión pública. Las cosas iban sobre ruedas, o más bien sobre alas. Tanto que los miembros del plenipotenciario organismo estaban ya listos para gozar una vez más del ejercicio que reiteradamente han practicado durante su estadía en tierra manabita.
Pero llegó la orden presidencial y no hubo más remedio que poster-gar para otro momento la repetitiva foto del brazo firme y la ma-no alzada.

Alguna razón de peso tendrá el Primer Mandatario para tratar de conservar en el cargo a un personaje como ese. Será quizás el recuerdo de los años de colegio, cuando al barroco lenguaje del ahora funcionario y entonces profesor seguramente acompañó la dureza necesaria para formar una fuerte personalidad. Serán consideraciones de afecto hacia el antiguo maestro que entregó sabiduría y formación en valores o será simplemente la negativa a aparecer como perdedor o como el responsable de un nombramiento equivocado. Cualquiera de esas razones, o todas ellas, pueden haber pesado en la decisión presidencial de frenar lo que ya era un hecho en la Asamblea. Sin embargo, ninguna de ellas tiene asidero político ni ofrece la fuerza suficiente para evitar los efectos negativos que se pueden desprender de la permanencia del funcionario en el cargo. Por el contrario, al imponer su voluntad el Presidente estaría enviando un mensaje muy contradictorio con sus promesas de cambio de estilo político y de combate a la corrupción. Sería un claro ejemplo de que la política no se lleva bien con las razones y los calores del corazón y que es mejor dejar a estos para otros asuntos más privados.

Sin embargo, el fondo del asunto no se encuentra en las acciones y las palabras del Primer Mandatario. En realidad, la pelota está en la cancha de la Asamblea. Ahí deja de ser un tema de simpatías o de recuerdos de tiempos idos para convertirse en un asunto estrictamente político.
En ese sentido, el magno organismo está ante una prueba de su independencia (¿no es eso lo que significan los plenos poderes?) y la bancada gobiernista tiene la oportunidad de demostrar que en verdad quiere dejar atrás la vieja política. Para lograrlo tiene que evitar cualquier parecido con ese ex presidente latinoamericano que gustaba decir: “A mis amigos, todo; a mis enemigos, la ley”. Claro que puede resultar difícil cuando los afectos ya son de todos.
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