lunes 12 de mayo del 2008 Columnistas

Una prisión de vergüenza... y es nuestra

EE.UU.
Barry Bearak, uno de mis colegas en el  New York Times,  fue encarcelado el mes pasado por el brutal régimen en Zimbabue. Barry no fue golpeado, pero contrajo sarna mientras estuvo encerrado en una cárcel infestada de bichos. Finalmente, lo llevaron ante un tribunal después de cuatro noches en la celda, siendo liberado más tarde.

Ay, nosotros ni siquiera les damos ese trato tan respetuoso de la ley a nuestros propios reos en la Bahía de Guantánamo. El jueves de la semana pasada, Estados Unidos liberó a Sami al-Hajj, camarógrafo de la estación Al Yazira que había estado detenido sin cargos en su contra durante más de seis años. Hajj ha alegado creíblemente que fue golpeado y que lo castigaron por una huelga de hambre haciendo que le insertaran por la fuerza sondas para alimentarlo, tanto por la nariz como por la garganta, sin previa lubricación, como para rasgar el tejido en carne viva.

“Las condiciones en Guantánamo son realmente malas”, dijo Hajj en una entrevista televisada, desde la cama en el hospital que estaba internado en Sudán, agregando: “En Guantánamo hay animales conocidos como iguanas... que reciben un trato más humano”.

El director general de Al Yazira, Wadah Khanfar, dijo por vía telefónica desde el hospital que Hajj estaba en un estado tan frágil a su llegada, que fue necesario cargarlo del avión al interior de la ambulancia. Los presos en Guantánamo no tienen permitido ver a sus familiares, así que Hajj conoció esa noche a su hijo de siete años de edad, al cual había visto solamente cuando apenas era un bebé.

La información confiable acerca de Guantánamo aún escasea, pero con frecuencia cada vez mayor estamos obteniendo atisbos de la vida ahí ... y resulta doloroso leer al respecto.

Murat Kurnaz, ciudadano alemán de ascendencia turca, acaba de publicar una memoria acerca de los cinco años que pasó en Guantánamo. Describe la prolongada tortura que incluyó interrupciones por parte de un médico a fin de garantizar que él estuviera suficientemente bien para que la tortura continuara.

Mahvish Rukhsana Khan, mujer estadounidense de ascendencia afgana que trabajó como intérprete, escribió un libro que será publicado el mes entrante,  Mi diario de Guantánamo, cuya lectura es desgarradora. Ella describe a un pediatra que regresó a Afganistán en el 2003 para ayudar en la reconstrucción de su país... y terminó siendo detenido por los estadounidenses, los cuales lo golpearon, lo bañaron con agua helada y lo obligaron a desfilar desnudo. Finalmente, después de tres años, al parecer los oficiales decidieron que él era inocente y lo enviaron a casa.

Un nuevo y poderoso tercer libro acerca de Guantánamo, escrito por un abogado estadounidense de nombre Steven Wax, es resumido en su título:  Kafka llega a Estados Unidos.

El nuevo material deja entrever dos verdades esenciales con respecto a la Bahía de Guantánamo: en primer lugar, la mayoría de los reos probablemente eran inocentes desde el comienzo, pero los paquistaníes o los afganos los turnaron a Estados Unidos a cambio de grandes recompensas de dinero en efectivo. Al momento que los estadounidenses ofrecimos recompensas de 25.000 dólares por partidarios de la red Al Qaeda, cualquier árabe en la región corría el riesgo de ser secuestrado y entregado como presunto terrorista.

En segundo, la tortura era de rutina, particularmente en las primeras etapas. Es por esa razón que más de 100 prisioneros han muerto bajo custodia estadounidense en Afganistán, Iraq y Guantánamo.

Uno de los hombres que aún sigue en Guantánamo es Abdul Hamid al-Ghizzawi. Él es libio y había estado administrando una panadería en Afganistán con su esposa afgana. Un grupo de cazarrecompensas lo entregó a Estados Unidos como un presunto terrorista, y ha estado bajo custodia durante más de seis años.

Ghizzawi fue llevado ante un “tribunal de revisión sobre estatus de combatiente”, el que falló de manera unánime, en noviembre del 2004, que él no era un “combatiente enemigo”. Más tarde, uno de los integrantes del tribunal mostró desdén, comentando que la supuesta evidencia en su contra era “basura”. No obstante, un tribunal subsiguiente revirtió el hallazgo del primero, y Ghizzawi estaba bajo detención indefinida, aunque era improbable que lo llevaran a juicio.

Candace Gorman, abogada de Ghizzawi, dice que su salud se ha deteriorado marcadamente desde la primera vez que ella lo vio. Él padece dolores constantes a causa de un severo mal hepático, a raíz de una hepatitis B que se manifestó por vez primera en Guantánamo, destacó Gorman, agregando que él también había contraído tuberculosis ahí.

Peor aún, un médico en Guantánamo le dijo a Ghizzawi en dos ocasiones, en diciembre, que tenía VIH, refirió la abogada. Gorman cree que los oficiales solamente intentaban atormentarlo.

Un portavoz del Pentágono, el comandante Jeffrey Gordon, negó que algún médico le haya dicho a Ghizzawi que él estaba infectado con el VIH  o que Ghizzawi hubiera contraído tuberculosis o hubiera sufrido hepatitis por primera vez mientras estuvo en Guantánamo.

Cierto, puede ser difícil saber en qué versión se cree. Cuando yo empecé a escribir acerca de Guantánamo hace ya varios años, pensaba que los presos pudieran estar mintiendo y el Pentágono diciendo la verdad. No hay duda de que algunos presos mienten, y algunos más seguramente son terroristas. Pero, con el paso del tiempo –y resulta doloroso escribirlo–, he encontrado que los reos tenían mayor credibilidad que oficiales estadounidenses.

Tanto (la secretaria de Estado de Estados Unidos) Condoleezza Rice como (el secretario de la Defensa) Robert Gates han pugnado por el cierre de Guantánamo, debido a que socava la reputación e influencia de Estados Unidos. Dick Cheney (el vicepresidente estadounidense) y otros integrantes de la línea dura han pasado por encima de su autoridad. En realidad, haría falta un enemigo excepcional para hacerle daño a la imagen y los intereses de Estados Unidos en la medida que ya lo han hecho tanto el presidente Bush como Cheney con Guantánamo.

© The New York Times
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