“Un país sin cine es un país sin mirada hacia sí mismo y hacia los demás”. Lo dijo el realizador Sebastián Cordero, uno de los pioneros de una movida cinematográfica nacional que ahora es una realidad no solo aquí, sino en festivales internacionales donde el público mundial comienza a descubrir facetas de nuestro país que nada tienen que ver con algunas de las supuestas realidades de las noticias. El cine –cuando ofrece miradas introspectivas– es como abrir ventanas en cuartos oscuros donde el alumbrado escasea.
Después de su inicio en Quito, desde mañana podremos ver en Guayaquil algunos de los setenta documentales que forman parte de la nueva edición del EDOC y esta vez el grupo Ochoymedio hará proyecciones en la Sala 9 de Supercines en Riocentro Los Ceibos, además de otra programación en el auditorio de la Alianza Francesa. Mañana hay un plato fuerte: el estreno de Santiago, extraordinario documental del realizador brasileño Joao Moreira Salles (hermano del director Walter Salles, creador de Estación Central y Diarios de motocicleta). Esta inauguración será en el auditorio del Ministerio del Litoral (av. Francisco de Orellana, cdla. Kennedy Norte). Quedan unas invitaciones disponibles en el ITAE (llamar al telf.: 234-4395).
No se lo pierdan. A lo de “extraordinario” debería pegarle otros adjetivos, porque es una experiencia inusual en el panorama del cine moderno. Filmado en blanco y negro –en un homenaje literal al realizador japonés Yasujiro Ozu– el filme rescata la vida de Santiago, un viejo mayordomo de la familia Salles que habitó durante treinta años la mansión desolada que la película nos muestra de manera reincidente, junto con las tomas y testimonios del personaje central hechas en 1992, cuando el realizador dejó a un lado el proyecto por causas que no quedan muy claras.
El resultado es que la creación original se convierte ahora en otra recreación, pues Salles mezcla sus propias reminiscencias con las memorias del protagonista, juntando películas caseras a color con las líricas tomas de la mansión abandonada, donde el fantasmagórico pasado es recobrado en las voces de Santiago y el narrador. La música es crucial y la cámara casi no se mueve. Cuando Santiago hace coreografías con sus manos, interpretando los aires musicales que cautivaban su imaginación, este documental entra en dimensiones muy cercanas al videoarte.
En los modestos aposentos de su tercera edad en Río de Janeiro, el mayordomo es una figura colosal: de modales refinados, dirigiéndose a la cámara en largos parlamentos en su divertido español-portugués, a través de él sentimos toda una era, que no solo es la que él vivió sino la que trató de recoger en su legado final: 30.000 páginas tipeadas en su “vieja ametralladora” Remington, donde reseñó interminables historias sobre milenarias dinastías aristocráticas de todo el mundo. “Siempre hubo crueldad, pero también bondad”, recuerda. No hay nunca una percepción política ni burlesca en los descubrimientos del personaje. La grandeza de Santiago es precisamente una documentada visión artística de infinita pureza.
Mayordomo y director –a quien nunca vemos– parecen fusionarse en esta misteriosa metamorfosis. La película nos impregna de la titánica labor de lo que fue la misión de vida de Marcel Proust: recobrar el tiempo perdido en nuestra propia memoria.