Los hilos que la mantienen felizmente atada a esta vida son Santiago (27 años), Patricia (23), Jorge (21), José (18) y Nicole (8). Hipatia Álvarez se siente bendecida por la dicha que le brindan sus cinco hijos, a quienes ha ayudado a mantener desde que los mayores ingresaron a la escuela.
A los 17 años, Hipatia aprendió de su madre a hacer sus primeros vestidos en una actividad que ella más veía como un pasatiempo.
Pero la búsqueda de mayores comodidades para su familia la impulsó a ingresar a trabajar en un taller de costura. “Me llevaba unos diez vestidos de niña para trabajarlos en mi casa. Me sentaba frente a la máquina de coser por largas horas que a veces culminaban a las 02:00 o 03:00 del día siguiente. Dormía un poco para madrugar a las 06:00 a atender a mis hijos y seguir trabajando”, señala con satisfacción sobre esas jornadas que resultaban duras, según indica, porque a veces le provocaban dolores en la espalda.
Pero también le daban satisfacciones especiales cuando elaboraba ropa para sus hijos. “Les cosía las camisas y pantalones a los varones, aunque lo que más disfrutaba era hacer vestidos para mis niñas. Son más elaborados y con más detalles”, afirma.
Sin embargo, hubo un año en que sus labores fueron compartidas con un episodio muy difícil. Fue cuando su hijo mayor, a los 12 años, sufría de dolores en el estómago. “Los doctores me decían que podía ser apendicitis, aunque luego le diagnosticaron leucemia o cáncer a la sangre”. Hipatia sabía poco sobre ese mal, por ello investigó hasta comprender que podía ser mortal y que requería de una transfusión de sangre. Pero no tenían dinero para el tratamiento.
Sin embargo, las esperanzas nunca faltaron. Su fe y el consejo de una amiga la hicieron devota de la Virgen del Cisne, cuyo santuario en Loja visitó en algunas ocasiones. “Incluso una vez le pedí que si Dios se lo iba a llevar, que se lo llevara, pero que no lo hiciera sufrir”, señala esta madre que, atendiendo a una petición de su ex esposo, ya fallecido, acudió a un especialista en medicina natural, quien le dio un preparado de hierbas. “Mi hijo me decía que comenzó a sentirse mejor con ese remedio”, comenta. Pero la mayor satisfacción ocurrió cuando, antes de que su hijo iniciara la quimioterapia para combatir la leucemia, los doctores de Solca se sorprendieron al ver en los exámenes que estaba sano. Es un milagro, le decían los médicos. “Abracé a mi hijo y me lo llevé agradeciéndole a Dios”, dice Hipatia, quien ahora, satisfecha porque cuatro de sus vástagos son adultos y los dos varones mayores ya están casados y con hijos, espera el próximo año cumplir su sueño: abrir un taller de costura en casa. “Así les digo a mis hijos. Que yo seguiré cosiendo... incluso cuando sea viejita. Tengo derecho a eso. Porque con mi trabajo los he ayudado para que sean personas de bien, educados, con valores y muy respetuosos con la familia y los demás”. (M.P.)