Las aguas de Celinda
Celinda Cabrera Jiménez es un claro ejemplo de lucha. Se convirtió en mamá a los 25 años con mucha ilusión y enviudó hace nueve. A partir de ese momento tuvo que ingeniárselas para empezar a trabajar, así podría terminar de pagar su casa de caña y madera construida por Hogar de Cristo, en la isla Trinitaria, y también les daría educación a sus hijos, George y Byron, que tenían 9 y 5 años y hoy 18 y 14.
“Es muy duro quedarse sola. Al principio pensaba que todo me salía mal porque estaba sin trabajo. Pero gracias a Dios en la escuela Dr. Rigoberto Ortiz Bermeo, en Las Malvinas, donde estudiaba George, me ayudaron para que pusiera un bar”.
“Empecé a preparar tortillas y maduros lampreados. También vendía piña, sandía y otras más. De esta forma logré que Byron terminara la primaria, a la edad de 10 años, con excelentes notas y diplomas”.
“Lo bueno de trabajar en la escuela fue que me permitía estar con mis hijos, los llevaba y traía de regreso a la casa, porque me quedaba hasta la hora de salida. Mi propósito como madre era que ambos estudiaran”.
“Años después, cuando a George le tocó ir al colegio, yo ya no podía con los gastos, porque todo se había puesto muy caro. Incluso no pudo estudiar un año y, con mucho dolor, tuve que mandar a su hermano Byron a vivir con una tía paterna al campo en Samborondón”.
“George empezó a trabajar vendiendo papel higiénico para ayudarme y yo botellas de agua aromática que contiene boldo, uña de gato, linaza, cola de caballo y llantén. También ofrecía leche de soya”.
Una buena amiga la puso en contacto con la dueña del negocio. “Por cada botella de agua me ganaba cinco centavos y por la de soya, diez. Las ganancias las cobraba quincenal o mensualmente. Las vendía desde las nueve de la mañana hasta las siete de la noche, de lunes a domingo”.
“Hace un año mi jefa no continuó con el negocio y yo decidí trabajar por mi cuenta, porque este me ha permitido sobrevivir y hacer que Byron esté de regreso en casa”.
Celinda se siente muy orgullosa de que George se haya graduado de bachiller en informática y aspira a que algún día estudie en la universidad. Lo mismo espera para Byron. Y para ello no le importa seguir despertándose a las cinco de la mañana para organizar su casa y después salir a la esquina de Seis de Marzo y El Oro a vender sus productos. Un sitio que ha sido testigo desde hace diez años de su arduo trabajo con sol o lluvia, siempre vistiendo con gorra, guante, camiseta y pantalón. “Las aguas las vendo a 35 centavos y la leche a 50. Y cuando el día está bueno vendo alrededor de treinta o cuarenta botellas”, asegura.
Dice no haberle sucedido nunca nada malo por trabajar en la calle, sino al contrario. Una vez un político le regaló diez dólares. “Es porque estoy encomendada a Dios, él me cuida y me protege, incluyendo a mis dos tesoros”. (S.M.)