De hecho, la propia palabra nos parecería apropiada para describir los sufrimientos de que adolecen los jóvenes, generalmente entre los 13 y los 19 años.Sin embargo, adolescencia (latín: adolescere) significa crecer. Y eso realmente duele.
No me voy a referir al desarrollo físico-fisiológico, que por cierto es la base de casi todo lo que le sucede al adolescente, sino al proceso de adaptación a dichos cambios, que casi sin excepción significa una lucha sin tregua con sus padres, sus afectos, la sociedad, él mismo, la religión, la vida, la muerte y otros escenarios.
Nadie atraviesa la adolescencia sin sufrir alguna herida, y muchas de estas heridas dejan cicatrices que a veces duran el resto de la vida. Lo peor de todo es que en muchos casos la magnitud del daño no se nota en su momento sino en la edad adulta, por eso es tan importante ayudarlo (la) en el momento apropiado.
El adolescente por lo general no se deja ayudar. Es una edad de exploración, de descubrimientos, de intentos y fracasos que quiere y debe experimentar por sí mismo. Su búsqueda principal es la de la identidad a través de su integración a un grupo, del cual recibirá las influencias más importantes. Los intentos de los padres por “meterse en su vida privada” por lo general son rechazados con desconfianza.
Cuando los padres insisten en controlar la vida del joven, o lo que es peor, cuando tratan de vivir a través de ellos lo que no vivieron en su momento, el resultado es patético y causan aún más alejamiento del hijo. La consecuente crisis en la comunicación es lo que tradicionalmente se ha denominado “la edad del burro”.
En su búsqueda de la independencia el joven se rebela contra el viejo orden, cuestiona los valores de la generación pasada, incluyendo los religiosos. No es raro que hable sobre cambiar de religión, o en el peor caso que se asocie a sectas que justamente estimulan esta necesidad de ser autónomo. Su necesidad de experimentar independencia lo empuja a probar lo que consideraba prohibido y hasta allí lejos de su alcance, incluyendo alcohol, drogas, sexo y delincuencia. El joven también piensa que es invulnerable a las consecuencias de sus actos y toma riesgos indebidos, a veces trágicos.
El adolescente necesita crear su propio espacio, por esto es que permanece en su cuarto por largas horas. Pero no es un tiempo perdido; aquí es cuando el joven aprende a meditar, a mirar más allá de su mundo inmediato y físico, a dialogar con sus sentimientos, con su mundo interior.
También desarrolla una hipersensibilidad a su aspecto físico y a su actuación social, por lo general nunca encontrando plena satisfacción, necesitando frecuentes afirmaciones de que “todo está bien”. No ser aprobado por sus contemporáneos o no ser bien recibido por el sexo opuesto puede dejar huellas emocionales de inseguridad para el resto de su vida. Como este es un periodo de mucha maleabilidad emocional, todo problema familiar serio golpea y deforma la estructura de esta personalidad que atraviesa el ciclo más importante de su desarrollo.
Parece increíble que estos seis años, menos del 10% de la vida de una persona, tengan tanta influencia sobre algo de tamaña importancia. Al terminar este proceso encontraremos a un joven más preparado para hacer frente a las realidades de su vida. ¿Cuán preparado? Eso dependerá del grado en que sus padres le brinden ayuda y guía, mientras más sutil, oportuna y silenciosamente, mejor. Y comunicación (¡y paciencia!) de la más alta calidad.
Para lograrlo se necesita empezar a “sintonizarlo” desde la pubertad, y oírlo y comprenderlo en todo lo que tenga que decir.