Domingo 11 de mayo del 2008 Religiosa y Obituarios

La causa del amor irrepetible

Dios y yo

Este año nos coincide el Día de la Madre con el Domingo de Pentecostés. Y es muy natural y sobrenatural que usted y yo consideremos, al menos al comienzo, este amor excepcional –el de la madre al hijo– que Dios ha puesto en este mundo.

Dice el papa Benedicto dieciséis, en su encíclica “Spe salvi”  (Salvados en esperanza), que el hecho de “ser amados, nunca es algo merecido, sino siempre un don”.

Es lo que comprobamos en todo amor de madre: un amor completamente libre que comienza mucho antes de la concepción, y que sigue –progresando siempre en calidad y cantidad– aun después de muerto el hijo.

Como soy sacerdote de Cristo, he tenido que ayudar a muchas madres, cuyos hijos fueron reclamados por el Cielo. Comenzando por mi propia madre –cuyo primogénito fue asesinado en el antiguo Congo Belga– y acabando con la  pobre que perdió su hijito, todavía en gestación, hace muy pocos días.

Siempre les he dicho que el dolor que sienten les hace compartir lo que vivió la Virgen; y también les he explicado que su pena indescriptible no se debe a que el Señor se ha distraído, se ha dormido o se ha enojado.

Se debe –igual que sucedió con su bendita Madre– a que las ama con predilección, puesto que las invita a hacer la ofrenda a Dios de la más preciosa y cara joya que se puede hallar en este mundo: el dolor ofrecido por amor.

Todas, todas –sin que por ello su dolor se aniquilara– lo comprendieron muy bien. Y con el paso del tiempo –porque quitar del todo este dolor de madre no es posible en este mundo– acabaron encontrando lo que encontró María: la paz de la felicidad en el dolor.

Justo ahora que unos pocos –con increíble audacia– han querido oscurecer esta exclusiva relación de amor; justo ahora que unos pocos –con afectada ignorancia– han querido que olvidemos este amor que solo el matrimonio puede hacer nacer; justo ahora que millones y millones –con sincera gratitud– reconocemos “ser amados sin haberlo merecido”, es muy bueno que nosotros meditemos el origen de este amor cuasi divino.

Procede –como todos los amores grandes, limpios e inmortales de este mundo– del amor infinito, perfecto y subsistente, del Espíritu Santo.
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