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Música acallada en Irak florece en el exilio

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Dhia Jabbar, de Bagdad, fue acosado por extremistas por enseñar a tocar el laúd.
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Mayo 11, 2008

Por ERICA GOODE | BAGDAD

Dhia Jabbar oculta su laúd en un saco cuando camina por Bagdad. Solía enseñarles a estudiantes a tocar el instrumento en el cuarto trasero de una tienda de fotografía, donde no se dejaba oír el sonido. Un día, milicianos armados irrumpieron en la tienda, destruyeron uno de sus instrumentos y le ordenaron que dejara de dar clases. Jabbar soñaba con una carrera como músico.

“Irak está muerto”, dice. A 11.000 kilómetros de distancia, Rahim Alhaj, que huyó de Irak en 1991, porta su laúd sin pensarlo por las calles de Albuquerque, Nuevo México, donde ahora reside. En Nueva York, Washington y otras ciudades, toca ante públicos de cientos de personas. Un álbum que grabó obtuvo una nominación a un premio Grammy.

Los músicos están vinculados por su pasión por el laúd, instrumento con profundas raíces en la historia de Irak.

Ambos estudiaron en el mismo conservatorio de Bagdad y comparten un profundo amor por las melodías iraquíes tradicionales. Jabbar, de 29 años, y Alhaj, de 49, también están unidos por ver cómo su país caía en la violencia sectaria.

A Alhaj le preocupan su madre y su hermano, que viven en el peligroso barrio de Sadr City, en Bagdad, en una casa sin electricidad ni agua corriente. “Estoy tan lejos de ellos y tan lejos de su lucha, y me siento inútil”, expresó. La violencia le provoca sueños inquietantes: imágenes de ser torturado, como le sucedió en los 80 bajo el gobierno de Saddam Hussein.

En el 2004, regresó a Bagdad para dar un concierto en la casa de su familia. Los amigos con los que creció, dijo, se sintieron incómodos al escucharlo tocar; la música secular era considerada “haram”, o prohibida.

Una mañana, oyó a su sobrina cantar una famosa canción de amor. Pero la letra había sido cambiada; las palabras ya no hablaban de un amor romántico, sino sólo de Dios, el cielo y la condenación.

Jabbar observó la transformación de Bagdad desde la casa de su familia en el vecindario de Shaab. Los conciertos casuales y en salones, otrora comunes, se volvieron escasos y clandestinos.

Los empleos como maestros e intérpretes, desaparecieron. “He perdido 10 años de mi vida”, dijo, “los años que me esforcé para poder tocar para la gente”.

Incluso Saddam Hussein cayó bajo los encantos del instrumento. Ordenó que un músico le enseñara a tocar, pero el hombre estaba tan aterrorizado que no pudo hablar.

Cuando los tanques estadounidenses entraron a Bagdad, en el 2003, Jabbar se llenó de emoción. Pero duró poco. Escuchó relatos de músicos amenazados por extremistas religiosos.

Uno de sus profesores fue atacado mientras conducía. Hombres armados destrozaron su laúd y le dijeron que lo matarían si seguía tocando.


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