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Cuando los hábitos están tan arraigados que es difícil innovar, es tiempo de renovar

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Mayo 11, 2008

Ensaye nuevas formas de pensar, vivir y actuar

Los hábitos son algo curioso. Los cumplimos sin pensar en ellos, con el cerebro en piloto automático, inmersos en la comodidad inconsciente de la rutina. “No es la elección sino el hábito lo que gobierna al rebaño irreflexivo”, dijo William Wordsworth en el siglo XIX. En el cambiante siglo XXI, hasta la palabra “hábito” conlleva una connotación negativa.

Es por eso que parece contradictorio hablar de hábitos en el mismo contexto que creatividad e innovación.

Sin embargo, quienes se dedican a la investigación del cerebro descubrieron que, cuando desarrollamos nuevos hábitos de manera consciente, creamos sendas sinápticas paralelas, y hasta células cerebrales nuevas, que pueden moldear nuestros esquemas de pensamiento y abordar caminos innovadores.

En lugar de considerarnos criaturas de hábitos inmanentes, podemos dirigir nuestro propio cambio mediante el desarrollo consciente de nuevos hábitos. En realidad, cuanto mayor sea la cantidad de cosas nuevas que probemos –cuanto más salgamos de la zona de comodidad–, más creativos podremos ser, tanto en el trabajo como en la vida personal.

Pero no hay que tratar de eliminar los viejos hábitos: una vez que esas vías de proceder llegan al hipocampo, ahí se quedan.

Los nuevos hábitos que incorporamos de manera deliberada crean sendas paralelas que pueden evitar los viejos caminos.

“Lo primero que hace falta para la innovación es una fascinación por el asombro”, dice Dawna Markova, autora de “La mente abierta” y consultora de cambio de Professional Thinking Partners. “Sin embargo, se nos enseña a ‘decidir’.”

Agrega que “decidir es eliminar todas las posibilidades menos una. Un buen pensador innovador siempre está explorando esas muchas otras posibilidades.”

Todos abordamos los problemas de formas de las que no somos conscientes, señala. A fines de la década de 1960, los investigadores descubrieron que los seres humanos nacen con la capacidad de abordar desafíos de cuatro maneras básicas: de forma analítica, práctica, relacional (o colaboradora) e innovadora.

En la pubertad, sin embargo, el cerebro clausura la mitad de esa capacidad y sólo conserva los modos de pensamiento que parecieron más valiosos durante los primeros diez años de vida.

El actual hincapié en las pruebas estandarizadas privilegia el análisis y el procedimiento, lo que significa que pocos utilizamos los modos innovador y relacional de pensamiento. “Eso rompe con la regla del sistema de creencias estadounidense de que todos pueden hacer todo”, explica M. J. Ryan, autora del libro “Este año voy a...”, de 2006, y socia de Markova. “Es una mentira que perpetuamos y que alienta la mediocridad. Saber en qué se es bueno y hacerlo cada vez más genera excelencia.”

Es ahí donde interviene el desarrollo de nuevos hábitos. Si se es un pensador analítico o práctico, se aprende de un modo distinto que alguien que es innovador o colaborador. Si se logra establecer qué es lo que nos sirvió cuando fuimos aprendiendo en el pasado, podemos crear nuestro propio mapa de desarrollo de conductas y habilidades adicionales para el futuro.

“Aprendo de otros cuando quiero incorporar algo nuevo o desarrollar un nuevo hábito”, dice Ryan. “Otras personas leen un libro o hacen un curso sobre el tema. Si se tiene un camino para aprender hay que usarlo, porque será más fácil que crear una nueva senda en el cerebro.”

Ryan y Markova descubrieron lo que llaman tres zonas de existencia: comodidad, tensión y estrés. La comodidad es el espacio del hábito existente. El estrés se produce cuando un desafío excede tanto nuestra experiencia que resulta abrumador. Es en esa zona intermedia de tensión –actividades que resultan difíciles o poco familiares– donde tiene lugar el verdadero cambio.

“Llegar a la zona de tensión es bueno”, afirma Ryan en “Este año voy a...”. “Contribuye a la salud del cerebro. A menos que sigamos aprendiendo cosas nuevas, que es algo que le plantea al cerebro el desafío de crear caminos nuevos, éste empieza a atrofiarse, lo que puede derivar en demencia, Alzheimer y otros trastornos cerebrales.

El esfuerzo constante hasta puede contribuir a adelgazar, según surge de un estudio. Los investigadores pidieron a un grupo de personas que hicieran algo diferente todos los días –escuchar una radio distinta, por ejemplo– y descubrieron que ellas bajaban de peso y no volvían a aumentar. Nadie sabe con certeza por qué, pero los científicos estiman que salir de la rutina mejora nuestro nivel de atención.” Ryan recomienda practicar una técnica japonesa llamada kaizen, que exige pequeños avances constantemente.

“Cuando iniciamos un cambio activamos el mecanismo del miedo en el cerebro emocional, por más que se trate de un cambio positivo”, destaca Ryan en su libro.

“Si el miedo alcanza un grado suficiente, se desencadena la reacción de luchar o huir y nos apartaremos de lo que tratamos de hacer. Los pasos pequeños del kaizen no desencadenan esa reacción, sino que nos mantienen en el cerebro pensante, con acceso a la creatividad y a la actitud lúdica.”

Al mismo tiempo, sugiere Markova, hay que fijarse cómo abordan los desafíos nuestros colegas. Tendemos a considerar que quienes piensan como nosotros son más inteligentes que los que no lo hacen. Eso puede ser fatal cuando los ejecutivos se rodean de gente que piensa como ellos. Si los ascensos se basan en tal similitud, es muy probable que a la empresa le falte diversidad intelectual.

“Traten de entrelazar las manos”, dice Markova. “Siempre lo hacen de la misma forma. Ahora prueben a hacerlo con el otro pulgar arriba. Resulta difícil, ¿verdad?

Ese es el momento valioso que llamamos confusión, cuando fusionamos lo viejo con lo nuevo.” Después de la confusión, el cerebro empieza a organizar lo nuevo. Si el proceso se repite, creará nuevas conexiones sinápticas.

Sin embargo, si durante la creación del nuevo hábito el “gran tomador de decisiones” interviene para protestar contra la adopción del camino desconocido, “se tiene una convergencia y seguimos haciendo lo mismo una y otra vez”, dice.

“No se puede innovar”, agrega, “a menos que se tenga la disposición y la capacidad de incursionar en lo desconocido y de pasar de la curiosidad al asombro.”


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