Mientras los candidatos demócratas prosiguen su pugna por la nominación a la presidencia estadounidense, el partido se ha enredado en un conflicto entre antagonistas que parecerían más bien aliados. El senador Barack Obama es un candidado negro que ha edificado su carrera sobre el cimiento de restar importancia a las consideraciones raciales, mientras que la senadora Hillary Clinton es una liberal blanca que durante sus largos años de activismo político se ha mostrado sensible a las minorías, y a las problemáticas que enfrentan.
Y sin embargo, en contienda tras contienda, particularmente en los estados grandes con diversidad étnica, el apoyo hacia los dos candidatos ha reflejado el tipo de división que normalmente separa a los demócratas de los republicanos.
¿Cómo ocurrió esto en el partido que se identifica con la reconciliación racial? La respuesta requiere remontarse en la historia política de Estados Unidos.
Desde 1964, el Presidente Lyndon B. Johnson vaticinó que la legislación sobre los derechos civiles que estableció provocaría una reacción violenta entre los blancos sureños a los que afectaba. Tenía razón. Aunque ganó la elección tras derrotar a Barry M. Goldwater, quien se oponía a dicha legislación, Johnson perdió cinco estados en su sur nativo que tradicionalmente habían votado por los demócratas.
Tras la convención de 1968, donde estallaron las tensiones entre el antiguo establecimiento del partido y activistas más jóvenes y de tendencia izquierdista, la comisión del partido revocó el proceso de selección en el cual el ganador se llevaba la totalidad de los delegados y convirtió en requisito que las delegaciones estatales del partido incluyeran a mujeres, jóvenes y minorías raciales en “relación razonable” a su presencia en la población.
El nuevo proceso de nominación contribuyó a dar a los demócratas la imagen de un partido que servía a los intereses de sus componentes en lugar del electorado en general, lo que le costó el distanciamiento de más electores. Este reordenamiento ideológico fue dominado, en parte, por lo que llegaría a conocerse como “política de identidad”.
Esta política se ha afirmado con fuerza en la contienda Clinton-Obama. En la estela de los comentarios de Obama sobre los habitantes de los pequeños poblados de Estados Unidos y las subversivas declaraciones del reverendo Jeremiah A. Wright Jr., su ex pastor, acerca de la opresión de los negros en el país, la brecha racial ha tomado el centro del escenario.
Nada de esto era aparente al principio de la campaña, cuando Obama ganó los caucus de Iowa; las encuestas de entrada a las casillas arrojaban que nueve de cada diez participantes eran blancos. Más tarde, Obama edificó su ventaja con delegados en estados mayoritariamente blancos, como Idaho, Iowa y Nebraska.
Pero el dominio de Obama entre los electores negros, otrora considerados leales a los Clinton, reforzó el enfoque racial. Y sus dificultades para atraer a los electores blancos de clase trabajadora se volvieron más críticas cuando la contienda se trasladó a campos de batalla electoral clave, ubicados en estados altamente poblados y étnicamente diversos. Si bien superó apretadamente a Clinton en el voto popular en los 22 estados que sufragaron el 5 de febrero, las encuestas de salida de las urnas arrojaron que perdió entre el electorado blanco por 52 por ciento a 43, margen que se amplió un mes después en Ohio.
“El racismo está profundamente arraigado en la cultura de este país”, expresó Roger Wilkins, quien sirvió como fiscal general asistente en el gobierno de Johnson y cuya hija ha trabajado en la campaña Obama. “Me sorprende que se necesitó el asunto Wright para que saliera a relucir”.
Algunos sugieren que la brecha existente en el partido tiene menos que ver con raza que con economía. Obama ha atraído a electores adinerados, mientras que Clinton se ha mostrado dominante entre los blancos de clase trabajadora. Esto ha vuelto a Obama vulnerable a acusaciones de elitismo, como lo hicieron sus comentarios acerca de los electores “resentidos” de las pequeñas ciudades.
Sea como sea, la brecha racial abierta en el seno del partido demócrata es casi indudablemente menos problemática que las dificultades que podría experimentar Obama para atraer apoyo exterior al partido en noviembre si ganara la nominación. “Ganar una elección presidencial con un candidato negro constituirá todo un desafío”, opinó Larry Bartels, profesor de política en la Universidad de Princeton.