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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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Viendo ‘El Cholito’ |
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La palabra necesitaba el diminutivo para suavizarse. El personaje, recubrirse de humor para atraer la atención de todo un país. Así llegó y se fue El Cholito, y se quedó en la memoria de los esfuerzos creativos de la televisión ecuatoriana, tan sostenida por enlatados desde que existe. Si bien es cierto que entro en sospecha cada vez que un producto de artes escénicas apela a la comedia para conseguir la atención de un público, con esta telenovela la búsqueda de la risa ha seguido un zigzagueante camino bordeado de muchos aciertos.
La trama de esta historia puesta en imágenes cercanas, reconocibles –y por ello con todas las de ganar en el mundo de las ficciones– es muy ambiciosa porque ha abarcado la gradación social que caracteriza a nuestras urbes, ha echado mano de prototipos de clarísima identificación (véanse los políticos en el repulsivo Silverio Echeverría) y ha entrado preferentemente por la vía emocional. Entonces, fue fácil ganar adhesiones o rechazos según la proverbial división entre los buenos y los malos. Sin embargo, algún “malo” se vio reducido en su prepotencia –la señora Marcia– y algún “bueno” cometió pecados en exceso –don Alfredo–.
Captar el “ánima popular”, la entraña de una sociedad, ha sido uno de los desafíos de la gran literatura. Esta empresa ha conseguido aceptables frutos en esa vía: Pepe Chalén se ha movido en el delicado eje de ser un todo a costa de múltiples rasgos: la fisonomía, el comportamiento, el habla, el origen del hombre popular. En él y en muchos de sus compañeros encontramos la gracia junto al dolor, cierto sentido alegre y despreocupado de la realidad –aquel “mañana será otro día” que vale tanto para la ficción como para la vida– que se experimenta aun sufriendo pobreza y adversidad. El típico alargamiento de una historia original hizo que la telenovela cayera en pozos sin tensión o que sacara de quicio, a ratos, a sus personajes (el Cholito vuelve a ser torpe en un hotel de Las Vegas cuando ya ha pasado por vivir en la mansión de los pelucones), pero en términos generales encuentro cualidades notorias como en doña Esther, confundiendo los refranes, y en Rosa, la Milagrosa, fiel a sus cábalas, ellas han mantenido el tipo y han acusado filigranas de humanidad.
La evidente lucha de clases abordada desde el chiste le resta gravedad al problema. Cualquier cosa podría esperase como reacción a tanto “choleo”: ¿simpatía por nuestra clase pobre que se parece bastante a los personajes o mayor animadversión al ver ridiculizados al máximo muchos de sus rasgos? No puedo preverlo, pero sí he sido testigo de la atención con que la gente más diversa ha seguido los capítulos, sí he escuchado los favorables comentarios y yo misma he consumido muchos apreciando por encima de todo el trabajo lingüístico de recolección del habla popular, repetida a veces, hasta la exasperación, pero graciosa e irreverente.
Un análisis detallado requiere de más espacio. Por ahora me basta expresar simpatía por el fenómeno “cholito” reconociendo los méritos del amplio grupo trabajador que puso sus talentos al servicio de este producto nacional. |
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