<%@ Page Language="VB" compilationMode="never" %> <%@ OutputCache CacheProfile="CacheContentPage" %> eluniverso.com - Isabel Allende cuenta sus días - May. 4, 2008 - LIBROS
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Edición del DOMINGO 4 de Mayo del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Una madre escritora
Isabel Allende cuenta sus días
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Texto: Clara Medina

Si en Paula hallamos a una madre abrumada, en La suma de los días encontramos a una mujer que ha logrado atenuar el dolor de la pérdida.

A la Isabel Allende que más aprecio es a la autobiográfica. A la que es capaz de contar cosas de sí misma o de su familia con la naturalidad con que una respira o se cambia de blusa. Sus mejores libros son, por lo menos desde mi  gusto, esos en los que ha logrado juntar su historia personal y familiar con su habilidad narrativa, que, sin duda, la  tiene.

Entre mis obras preferidas  están: Paula, esa memoria íntima y dolorosa sobre la enfermedad y muerte de su joven hija; La  casa de los espíritus, libro  con el que se estrenó como novelista, en 1982, y por el cual muchos la acusaron de ser una mala epígono del ya trasnochado realismo mágico, llevado a su mayor esplendor por Gabriel García Márquez; y, recientemente, La suma de los días, una especie de continuación de Paula. Es una  memoria no luctuosa, sino más bien celebratoria. Y el libro que más detesto es Afrodita.

Si en Paula hallamos a una madre abrumada, en La suma de los días encontramos a una mujer que ha logrado atenuar el dolor de la pérdida y retomar el curso de la vida. La hija muerta en el apogeo de su juventud está  muy presente en este nuevo libro de Allende, pese a  ya no estar hace casi tres lustros.

La recuerda con ilusión. Es como si le hubiera dicho: “Siéntate, ponte cómoda, que te voy a contar todo lo que ha sucedido con la familia durante tu ausencia”. Es una larga conversación. O un largo monólogo que tiene como hilo conductor el humor, aunque no faltan momentos emotivos. La voz que utiliza es el tú. Es una narración de Isabel, la madre, para su hija ausente, y el lector es una especie de testigo. Alguien que sin ser invitado  escucha esa conversación y la disfruta.

En las primeras páginas, Allende cuenta que el 8 de enero, fecha en que por superstición empieza a escribir un nuevo libro (si no lo hace tiene que quedarse un año sin escribir hasta que el calendario marque nuevamente 8 de enero), recibió desde España una llamada de su agente literaria, Carmen Balcells, quien le ordenó: “Léeme  la primera frase”. Pero Allende no la tenía. “Escribe unas memorias, Isabel”, le recomendó. “Ya las escribí ¿no te acuerdas?”, respondió la escritora. “Eso fue hace trece años”, replicó su agente literaria. Así nació La suma de los días, un libro  de 361 páginas, cuya primera edición salió a la luz en agosto del año pasado.

Está dividido en dos partes y cada una tiene pequeños capítulos. Son como unas crónicas que perfectamente pueden leerse de manera independiente, pero que juntas arman la historia de la peculiar familia de Allende.

Generalmente en las familias, los secretos se esconden bien, las cosas feas no se cuentan y lo políticamente incorrecto se lo maquilla bien hasta convertirlo en correcto. Pero en la de Allende parece funcionar al revés: entre más estridentes son las historias, mejor.

Y a todo esto, ¿es verdad lo que nos cuenta? Ya lo dijo García Márquez en sus memorias tituladas Vivir para contarla: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Y creo que en el caso de Allende, es cómo ella prefiere contarla. Retrata a una parentela exótica, unida no tanto por lazos de sangre, sino por los afectos, en la que no faltan las broncas y las reconciliaciones, y lo estrambótico o lo etéreo.

En La suma de los días se halla no a la diva de la literatura que va de país en país ofreciendo conferencias o estampando autógrafos en sus exitosos libros, aunque casi siempre denostados por un sector de la intelectualidad. Está la  madre, que vive con intensidad las felicidades y las derrotas de sus hijos y nietos. La Allende esposa y suegra nada convencional. La hija amiga de la madre. La mujer de pensamiento liberal, a la que casi nada humano la escandaliza.

La que pese al dolor de la pérdida temprana de Paula ha logrado recuperarse y disfrutar de la existencia, de las amigas incondicionales, como Tabra, y que conoce lo reparador que puede ser el humor. Y los abrazos y las palabras.

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