Es el ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008, con su obra titulada Chiquita. La protagonista es una mujer liliputiense de 66 centímetros, nacida en Matanzas, Cuba, en 1869.
Espiridiona Cenda es Chiquita. Una combinación de ángel y demonio. Antonio Orlando Rodríguez, cubano como la protagonista de su última obra, una mujer liliputiense de 66 centímetros nacida en Matanzas en 1869, concibió el libro que se adjudicó el Premio Alfaguara de Novela 2008 como una autobiografía dictada en la vejez a un periodista.
El jurado, presidido por el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, destacó de Chiquita la “notable gracia narrativa y la imaginación sin descanso, que despliega el autor, como inmensa partitura de ejecución precisa, al describir la época y la vida de un personaje extraordinario”.
En esta entrevista con EL UNIVERSO, Antonio Orlando Rodríguez, pletórico por el premio pero afligido porque en la Cuba de Raúl Castro la noticia del galardón solo tuvo eco en algunos círculos literarios, descubre a ‘la muñeca viviente’ que deslumbró a Europa, a Estados Unidos y a él.
¿Se podrá leer su libro en Cuba o al, menos, se sentiría satisfecho con que se informe en su país sobre este premio?
Espero que algún día el libro circule en Cuba y pueda ser ampliamente conocido por los lectores de mi país. Lamentablemente, la noticia del premio circuló solamente en algunos círculos intelectuales, los medios no la difundieron a la población general.
¿Qué le enamoró de Espiridiona Cenda para convertirla en protagonista de esta novela?
La diminuta talla del personaje fue lo primero que me asombró. ¡Una mujer, perfectamente formada, que apenas medía algo más de medio metro! Pero más allá de su condición de liliputiense, lo que más me deslumbró fue su carácter independiente y apasionado, y el hecho de que tomara el control de su carrera artística y lograra triunfar en un entorno difícil y competitivo.
¿Cómo fue ese proceso de descubrir y entender la psicología de Chiquita? ¿Conoció a algún familiar?
No, fue una investigación básicamente bibliográfica. Me apoyé en las noticias y crónicas que publicaron sobre ella importantes periódicos estadounidenses y también en un folleto biográfico que circuló en 1897. Las fotografías suyas que logré reunir también fueron muy reveladoras. A partir de todo ese material, y como resultado de una labor casi detectivesca, traté de captar la esencia del personaje y de dibujar su personalidad.
¿Qué pasajes de la historia que su imaginación ha recreado cree que le hubiera gustado protagonizar a Chiquita?
Muchos. No diré cuáles porque eso equivaldría a revelar qué es lo cierto y qué es lo falso en la novela, y eso es parte del juego que propongo al lector.
Usted ha dicho que hubo momentos de la historia que durante la escritura resultaron muy dolorosos, ¿cuáles fueron estos y por qué?
Chiquita resultó, al inicio, un personaje bastante elusivo, me costó mucho dar con su voz, atrapar su esencia. Era mucho más complejo de lo que suponía y el proceso de descubrir las “capas” del personaje fue bastante complejo y, a ratos, frustrante. También hallar la estructura narrativa me dio algunos dolores de cabeza. Cuando uno trabaja durante cinco años en una novela, atraviesa por momentos en que duda de la calidad y del interés de su trabajo, llegas a saturarte de los personajes y de sus peripecias y hasta piensas en tirar la toalla y renunciar a contar la historia. Sin embargo, uno logra sobreponerse. En este caso, el esfuerzo valió la pena.
¿Cree que Chiquita se convertirá en uno de esos personajes inolvidables de la literatura, tomando en cuenta que su historia transcurre entre el siglo XIX al XX, cuando la mujer empezaba a luchar por sus derechos?
Me encantaría que fuera así. Dependerá del impacto que su personalidad y su vida tengan en el corazón de los lectores.
“La grandeza no tiene tamaño” es una frase que se convierte en ícono de la novela, ¿cree que es necesario reivindicar esta idea?
Creo que es conveniente volver una y otra vez sobre ella, para recordar y recordarnos la necesidad de respetar las diferencias.
Chiquita se desarrolla en la Cuba de las dos primeras guerras de independencia, en el siglo XIX, ¿por qué escribir sobre el pasado? ¿No le interesa el presente como materia prima de sus libros?
No, no me interesa el presente como escenario para mis novelas. Ya bastante es tener que padecerlo día a día para, además, recrearlo literariamente. En cambio, el pasado me parece mucho más atractivo y lleno de sorpresas. Remontarme al ayer me permite, a veces, entender mejor la actualidad.
¿Qué le llevó a incluir muchos pasajes esotéricos en la historia?
Simplemente, me encantan las narraciones que dan cabida a lo fantástico y lo sobrenatural. La realidad necesita condimentos.
Ha dedicado buena parte de su carrera a la literatura infantil, ¿qué elementos de ese aprendizaje le han sido útiles para recrear la historia de Chiquita?
Mucho. La literatura infantil te enseña a ser más audaz al jugar con la imaginación, el absurdo y el humorismo. También a tratar de cautivar al lector desde las primeras páginas, pues con los niños no te puedes dar el lujo de divagar mucho o de ser aburrido. La literatura infantil me enseñó también a huir de la solemnidad y de la seriedad excesiva.
¿Sobre qué versará su próximo libro?
Estoy investigando para una nueva novela que estará ambientada en La Habana, a principios del siglo XX. Es una época compleja, contradictoria y llena de colorido.
¿Tiene referencias de la literatura ecuatoriana?
He leído muchos libros para niños de autores ecuatorianos, pues en los años noventa publiqué dos libros sobre historia de la literatura infantil latinoamericana. En cambio, mi conocimiento de la literatura para adultos es mínimo.
¿Qué valoración le merecen las medidas liberalizadoras que se están produciendo en Cuba?
Haber nacido en Cuba no me convierte en un experto en la política de ese país, pero creo que hasta el momento se trata de medidas cosméticas, que no implican cambios verdaderamente significativos. No mejoran la situación de los derechos humanos de la población.