Tal parecía que el respeto al ser humano iba a ser uno de los pilares en que asentaría la revolución ciudadana. Hasta que un funcionario, felizmente recién destituido por el Tribunal Supremo Electoral, comenzó a ordenar que hicieran subir a su despacho a la tetona o que citaran inmediatamente a la culona. No solo que no fue cancelado por referirse de esa manera a quienes trabajaban bajo su dependencia, sino que resultó confirmado en su cargo porque, habiendo sido profesor del Presidente de la República, contaba con su respaldo incondicional; por tanto, todo lo que él decía estaba bien dicho y todo lo que hacía (incluso cobrar diezmos a los nuevos empleados) estaba bien hecho.
De eso se sigue que aquellos a quienes el Presidente autoriza, están capacitados para prácticas ilegales y también para menoscabar la dignidad de sus subalternos con actitudes que parecen salidas de cualquier página de una novela indigenista, donde el capataz impone sus deseos a látigo y carajazos, en la convicción de que sus súbditos tienen la misma categoría que las bestias.
Asimismo, en gesto que el país vio con admiración porque constituyó un claro ejemplo de que la austeridad iba, por fin, a primar en el régimen de las mentes lúcidas y los corazones ardientes, el Presidente de la República no solo que se bajó el sueldo sino que ordenó que ningún funcionario pudiera ganar más de lo que él ganaba. ¡Bravo!, gritamos todos: por fin va a terminarse la larga “noche neoliberal”, cuando ocupar un cargo público significaba el acceso a prebendas y a un sinfín de privilegios que hacían del funcionario un feliz usufructuario del dispendio.
Sin embargo, ese gesto, que parecía iba a convertirse en una norma, en la práctica tampoco se cumple, según lo acaba de revelar EL UNIVERSO. Ahora resulta que ciertos funcionarios pueden incrementar sustancialmente su salario con el ardid de integrar un directorio, presidir un comité o asistir a las sesiones de cualquier organismo.
La máxima presidencial de la austeridad, pues, otra vez se contradice con la práctica de este amanecer pregonado como ardiente, lúcido y revolucionario. Y si, con prepotencia y cinismo, el feliz funcionario afirma que él podría regresar a la empresa privada donde puede ganar más, el Presidente le pide que no lo haga y, con su proverbial verborrea hostil, agria y amenazante, avala la ingeniosa técnica del “redondeo” propia de esa vieja y corrupta burocracia. Y ya que el Gobernador del Guayas cuenta con la anuencia para subirse el sueldo a como dé lugar, ¿cómo prohibir que los demás burócratas lo hagan? ¿Por qué él sí y nosotros no, pensarán el policía de la esquina, el subjefe departamental o el bodeguero de alimentos, listos a aplicar viejas trapacerías para mejorar sus exiguos salarios?
Con la flagrante contradicción entre sus palabras y los hechos, el Presidente está demostrando que la tan ofrecida transparencia yace sumergida bajo una montaña de falacias que nos sigue lanzando a la cara sus olores nauseabundos acumulados en esa larga noche que, según vemos, está muy lejos de acabar.