Hay una pregunta que todos los sectores interesados en la educación deberíamos plantearnos: ¿qué vamos a hacer con las 12.000 partidas para nuevos maestros que creó el Gobierno actual, una vez que la inmensa mayoría de aspirantes para esos cargos ni siquiera pudo pasar las pruebas de ingreso a las que convocó el Ministerio del ramo?
Algunos dirigentes del magisterio han sugerido que se hagan exámenes menos rigurosos, lo que sería un gravísimo error. El país no necesita que la educación mejore un poquito sino más y mejores maestros en el más amplio sentido de la palabra, que puedan contestar preguntas básicas de lógica o matemáticas; y no muchísimos seudomaestros que no sean capaces ni de lidiar con un elemental cuestionario.
Otra propuesta que he escuchado es que se organicen cursos y seminarios para los nuevos maestros; pero el fracaso en las pruebas demostró que hay todo un abismo entre lo que los maestros saben y lo que deberían saber, brecha que no se cerrará con cursos de pocas semanas o meses. Hará falta una transformación muy larga para que las universidades comiencen por fin a graduar maestros preparados.
Esto no quiere decir que no haya profesionales excelentes, con vocación, que podrían ser muy buenos educadores, pero no se presentaron a las pruebas porque el sueldo inicial de maestro de escuela no satisface sus expectativas, así que prefieren buscar futuro en otras profesiones. Se trata de un círculo vicioso. Los maestros actuales tienen un nivel profesional bajísimo y por eso resulta difícil mejorar sus sueldos, pero también tenemos malos maestros porque los sueldos son pésimos. Cuando la demanda de naranjas cae, ocurre lo mismo con su precio y su calidad. Con los maestros pasa lo mismo.
Décadas atrás la profesión de maestro atraía a algunas de las mejores mentes. Ser profesor del Colegio Vicente Rocafuerte o de la Escuela 9 de Octubre en Guayaquil equivalía a ocupar un sitial de prestigio. Pero cuando los sueldos y otros beneficios comenzaron a decaer, la profesión se vino abajo, y ya no atrajo sino a los que tenían muchísima vocación… o no tenían calidad profesional.
Pero hay un importante obstáculo para ofrecer sueldos sustancialmente superiores a esos aspirantes a maestros que hoy en día no están interesados en trabajar en una escuela fiscal, y es que si les ofrecemos mejores ingresos habría que hacer lo mismo con antiguos educadores que tienen una preparación o nivel académico bajísimos, y que lamentablemente son la mayoría, con lo que estaríamos premiando su ineficiencia.
No he escuchado otras soluciones para este dilema, excepto quizás la de crear escuelas y colegios pilotos, con profeso-res que sí sean capaces de pasar por pruebas rigurosas y que recibirían una remuneración de excelencia, superior al del resto de sus colegas, a los que también se les debería mejorar sus ingresos, pero en un porcentaje inferior.
No sé si esta solución sea factible, y sobre todo si las resistencias resultarían demasiado fuertes; en cualquier caso, el Ministerio de Educación no nos ha dicho qué piensa hacer (o al menos yo no me he enterado), y mientras más tiempo pase, menos sencillo será encontrar una respuesta.