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Las chuletas del Club Trabajadores del Guayas, deliciosa tradición en la ciudad

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Desde hace años María Luisa Campi (i) y Patricia Delgado son fanáticas de la chuleta del Club de Trabajadores.
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Mayo 04, 2008

Jorge Martillo

El local ubicado en Primero de Mayo 1.046 entre Pedro Moncayo y Seis de Marzo, frente al Parque del Centenario, es visitado por trabajadores y estudiantes.

En este club no se esperan mesas bien dispuestas, con manteles, servilletas, cubiertos finos  y copas de cristal. Al contrario, al momento de sentarse a degustar del menú de la casa  la etiqueta, los cubiertos y hasta la membresía están de más.  

Eso ocurre en el local del Club de Trabajadores del Guayas, fundado en 1896, donde la chuleta en salsa es reina y señora.  La sede gastronómica está ubicada en Primero de Mayo 1.046 entre Pedro Moncayo y Seis de Marzo, frente al Parque del Centenario.

 El lugar es amplio y antiguo, aunque últimamente ha sido remozado.
Sus paredes están pobladas por retratos y cuadros históricos, también por afiches de sucesos actuales. Su ambiente es alegre y popular.
Siempre suena música tropical, aunque en las noches de los viernes y sábados, en ocasiones, llegan músicos que con sus  guitarras y maracas interpretan  pasillos y boleros románticos.

Las puertas del  club están abiertas de lunes a jueves, de 15:00 a 23:00;  y viernes y sábados hasta la 01:30.  En estas horas es cuando la fiel  clientela llega a ‘meterle el diente’ a las chuletas cuyo costo alcanza los tres dólares, aunque   se ofrece la media chuleta a mitad de precio. Otros son fanáticos del chicharrón con tajadas de plátano a  $ 1 y las cervezas.

Con  estos platillos la mayoría de los comensales  olvida sus  dietas y con ello cualquier intento de bajar de peso, pues a su orden añaden una porción de arroz con menestra a $ 0,60. Y más aún al momento de partir que llevan chicharrón para rellenar tortillas y bolones para el desayuno. 

La historia de estas chuletas comenzó hace 32 años de la mano de Genaro Berón Velasco, quien murió hace  15 años. Actualmente su sobrina, Martha Miranda Berón, es la heredera de esa sazón.

Cuenta Martha que su tío empezó a preparar chuletas en el Club de Mecánicos Automotrices que funcionaba en los altos de la Sociedad de Carpinteros, pero la ofrecía únicamente a los socios. Sin embargo, fue cuando se mudó al actual local que abrió su atención al público en general. “Las chuletas  poquito a poquito fueron cogiendo fama y tuvo que contratar más personal. Entonces mi mamá y nosotros, como familiares, veníamos a ayudarle”, relata.

 La receta de la salsa que sazona las costillas de ‘don Genaro’, son un misterio, aunque hay la versión de que se la proporcionó un extranjero.
Su familia recuerda que cada vez que la preparaba no le gustaba que nadie lo viera.   Después el secreto fue revelado    a Lucho Velasco, el cocinero más antiguo del club. 

A confesión de Martha Miranda la tan preciada salsa se la prepara con cebolla colorada, albahaca y vinagre. El sabor entre amargo y dulce lo da el vinagre y también el tiempo que se deja añejar en un recipiente.
Otro ‘secreto culinario’ es utilizar la misma manteca de la chuleta.

 Poco después de las tres de la tarde empieza a llegar la gente. Pero es al atardecer cuando “Las Chuletas de Marthita”, nombre oficial del sitio, aunque nadie le dice así, está casi lleno. En su gran mayoría los “socios” del club de raigambre popular son compañeros de trabajo y estudio que acuden a esta sede después de sus jornadas de labores. La mayor asistencia se da los viernes.

La  escena común es que nadie utiliza  cubiertos. Aquí hay otras normas. “Yo creo que el pollo y la chuleta hay que comerla utilizando las manos, manifiesta Luis Suárez, arquitecto de profesión. A unos metros Patricia Delgado y María Luisa Campi expresan: “Aquí literalmente hay que chuparse los dedos”.

Sobre esa costumbre implantada por su tío y aún vigente, Martha Miranda cuenta: “Pocas personas solicitan cubiertos, casi siempre son los que vienen por primera vez pero nuestros clientes de toda la vida dicen que así sienten mejor el sabor de las chuletas”.  En Guayaquil, una deliciosa costumbre es proponer: “Vamos a chuparnos los dedos con las chuletas del Club Guayas”.  Averígüelo y buen provecho.


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